Podemos así enunciar una ley activa en el universo diciendo que las fuerzas que no trabajan serán esclavizadas por las fuerzas activas. Esto nos conduce a la evidencia de que el régimen de esclavitud bajo el cual vivió la sociedad primitiva corresponde a una dinámica natural, y lo que sucedió después, o sea la rebelión de los esclavos, nos dice como se desarrollan las cosas en nuestra naturaleza interna.
En esta parábola vemos como el siervo inactivo es despojado de su mina y de la ciudad que le correspondería gobernar. Pero preguntémonos qué sucederá después. Si tomamos como ejemplo la dinámica social, podemos asegurar que ese siervo se vio obligado a trabajar como esclavo para el siervo que consiguió las diez minas. Y en ese trabajo duro, oscuro y no retribuido, la conciencia de sí mismo y de sus posibilidades creció y estalló, derrocando la fuerza que lo aprisionaba y recuperando la administración de su mina.
Es de esta forma que los países colonizadores y los colonizados actúan, habiendo recuperado su dignidad, se sacuden el yugo que les impuso el señor de la tierra.
Estos cambios de terreno afectan, claro está, a nuestra organización espiritual, porque al cambiar la naturaleza de un átomo, se modifica su frecuencia vibratoria, surge en nosotros una nueva tierra y en ella no puede vivir el anterior ocupante.
En el trayecto involutivo, mientras el ser humano se dirige a la conquista del mundo material, los siervos más activos eran los administradores de las minas inferiores, las que contienen minerales vibrando a baja frecuencia, y esos siervos veían premiada su actividad por el noble señor, el cual les confiaba la administración de materiales más nobles, cuya utilización había sido descuidada por sus administradores. De esta forma, los esclavos eran los mejores y los gobernantes de las ciudades, los más toscos.
En el trayecto evolutivo, las cosas suceden al revés y entonces el siervo que administra es el representante de los materiales más nobles.
Aparece en esta parábola la figura del banquero, en cuyas arcas le reprocha el noble señor al siervo inactivo de no haber depositado las riquezas que le confió y que hubiesen así devengado intereses.
Como nosotros no hemos inventado nada, en nuestro actual estado de desarrollo, es evidente que la organización de la banca, como todas las demás, viene de arriba. En los mundos superiores funciona un servicio de Banca en el que podemos depositar los tesoros espirituales para que los administren y rindan intereses.
A todos nos confía bienes nuestro noble señor, y es un deber hacerlos fructificar con nuestro trabajo, actuando con las energías espirituales de que disponemos para obtener experiencias que enriquezcan a ese noble señor que tuvo que abandonar su palacio.
Pero si no sabemos, si no vemos lo que podemos hacer, si nuestras manos están atadas por oscuros temores, por miedo a mal obrar, a crearle problemas al señor, en lugar de ofrecerle lo que no puso y entregarle la cosecha que no sembró, que es lo que realmente espera de nosotros, ya que Él no puede sembrar por sí mismo y por ello nos dio autoridad, hacienda, poderes para hacerlo. Si por alguna razón no podemos o no sabemos hacerlo, entreguemos nuestro tesoro al banco y él lo administrará.
Nuestro tesoro son los buenos pensamientos, los buenos deseos, toda esa mina de recursos humanos que llevamos dentro y que, si no los administramos directamente, debemos mandarlos arriba, en forma de plegarias, como aquel que va a la ventanilla de un banco a depositar sus ahorros. Debemos pues asomarnos a la ventanilla del cielo al anochecer, para entregar todo lo ahorrado en el día, todo el bien que no hemos podido hacer, para que lo apunten en nuestra cuenta.
Del mismo modo que en el banco se pueden elegir los valores en los cuales invertir, también podemos pedirle a ese Banco de arriba que utilice nuestros fondos en vistas a la paz en el mundo, a la curación de las enfermedades, a la solución de los problemas de un particular o en general. O podemos simplemente dejarlos en la cuenta y que sea el banco quien negocie con ellos, apuntando los intereses al cabo del año; es decir, lanzando al universo los buenos deseos en forma de plegaria para que se utilicen de la mejor manera posible.
Arriba, los “empleados bancarios” (o sea, los ángeles) anotan la suma en la cuenta y revierten la parte del bien que nos corresponde, lograda con nuestra participación.
La parábola termina con una matanza sin contemplaciones de todos los opositores. El retorno del noble señor a su palacio humano, cuando nos encontramos en el tiempo crístico, es decir, cuando la conciencia crística se instala en nosotros, supone la muerte de toda disidencia interna.
Cristo no puede reinar en una casa dividida; no puede hacerlo a partir de una determinada etapa de su itinerario. Un día u otro deberemos decidir degollar en nuestra naturaleza interna todo lo que sea disconforme al propósito de nuestro noble señor. Y aquí vemos a ese señor confiando primero minas a sus siervos y después ciudades, pero día llegará en que sea él mismo quien administre sus bienes y nuestro reino será entonces una monarquía absoluta.
Y como lo interno es el negativo de la imagen que después aparece en el exterior, es evidente que cuando una masa crítica de seres humanos hayan restablecido su unidad interna, el mundo exterior será gobernado por un rey absoluto y ese es el régimen político hacia el que se dirige nuestra humanidad.
La monarquía absoluta fue el primer sistema de gobierno cuando la humanidad en su descenso hacia las realidades materiales, era aún guiada autoritariamente desde arriba.
Luego, la forma de gobierno evolucionó hacia la democracia, dividiéndose y fraccionándose cada vez más el poder. En el ciclo evolutivo, la unidad se restablecerá y las tendencias internas colaborarán armoniosamente unas con otras, reconociendo todas ellas la primacía de lo superior, de aquello que debe dirigir la vida.
En el próximo capítulo hablaré de: el ungüento de la discordia