“Tomando la palabra un doctor de la ley, le dijo: Maestro, hablando así nos ultrajas también a nosotros. Y Jesús respondió: ¡Ay también de vosotros, doctores de la ley, que echáis pesadas cargas sobre los hombres y vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis! ¡Ay de vosotros que edificáis monumentos a los profetas a quienes vuestros padres dieron muerte! Vosotros mismos atestiguáis que consentís en la obra de vuestros padres; ellos los mataron, pero vosotros edificáis. Por eso dice la sabiduría de Dios: yo les envío profetas y apóstoles, y ellos los matan y persiguen, para que sea pedida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde el principio del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el santuario; sí, os digo que le será pedida cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, doctores de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia, y ni entráis vosotros ni dejáis entrar!» (Lucas Xl, 45-51).
¡Cuán actuales suenan esos exhortos de Jesús! Nuestra sociedad está todavía llena de esos doctores de la ley que se han apoderado de la llave de la ciencia y, ni entran ni dejan entrar. Ahora la Iglesia exotérica abdica de lo espiritual y se orienta cada vez más hacia los problemas sociales, pero hasta hace poco, cuando se le presentaba una persona con inquietudes espirituales, lo mandaban al banquillo de la iglesia, diciéndole: ¡Doctores tienen la Iglesia! Usted no se ocupe de esas cosas, rece tres padrenuestros y siete aves marías, que nosotros ya pensaremos por usted. Y así ni entraban ellos en la ciencia sagrada, ni dejaban entrar.
Nada diferente es la actitud de los doctores en ciencias, procedentes de la vida profana, que dogmatizan sobre lo que no conocen y establecen leyes basadas en un conocimiento fragmentario y una visión estrecha del universo. Esos «sabios» que han decidido que los planetas no están habitados, ponen en cuarentena a los astronautas que retornan del espacio, prestos a declararlos locos si dan un testimonio de su viaje que no concuerde con sus concepciones previas.
La organización actual de la sociedad, con sus universidades que sancionan con diplomas y títulos susceptibles de ser mercantilizados, no pueden conducir más que a la fabricación de «doctores» a los que se entrega una llave con el fin expreso de que no entren ni dejen entrar en el santuario de la ciencia y de la verdad. Y así hemos visto que cuando un inventor o un descubridor han dado luz a algo nuevo, siempre han tenido que luchar, para imponerlo, con los «doctores» titulados y consagrados que han luchado a brazo partido contra la nueva verdad proclamada por un intruso.
La nueva sociedad que ha de surgir de una humanidad auténticamente cristiana, no ha de sancionar el conocimiento con diplomas que establezcan falsas metas, sino que la búsqueda de la verdad, tanto en lo profano como en lo sagrado, ha de ser algo permanente y sin fin.
Otro tanto puede decirse del respeto y veneración hacia lo histórico. No se puede venerar la memoria de lo corrupto y levantar estatuas a los mártires, sin dejar de adorar a quienes los han martirizado. Esos doctores de la ley a quienes Jesús se dirigía, cuidaban escrupulosamente de que las normas dejadas por sus antepasados fueran cumplidas y al mismo tiempo levantaban estatuas a los profetas que esos antepasados habían asesinado, y, una de dos, o hicieron bien al asesinarlos y sobran las estatuas, o se equivocaron y sobran las leyes que ellos transmitieron.
La historia es un libro maravilloso siempre que su lectura se haga de una forma coherente. El error es siempre fuente de enseñanza, cuando el error se reconoce y se rectifica. La inquisición, por ejemplo, debió servir a la iglesia católica para que comprendiera que su actuación era equivocada, que se había alejado de las enseñanzas cristianas, y los procesos escandalosos, como el de Galileo, debían haber sido los promotores de un golpe de timón hacia una verdad a la que ciertamente no conducían sus enseñanzas.
Si veneramos a los granujas, porque eran reyes o purpurados; si seguimos las leyes que nos legaron sus códigos, sus normativas, nos hacemos al mismo tiempo herederos de sus crímenes y sobre nosotros caerá la sangre de los que inmolaron, desde Abel hasta el último de los profetas asesinados.
Pero el principal reproche que Jesús dirigía a esos doctores de la ley era que echasen pesadas cargas sobre los hombres, cuando ellos ni las tocaban con los dedos. Lo peor de los doctores de la ley es, en efecto, que legislan, establecen leyes y reglamentos que no son el reflejo de las leyes de arriba.
Si la ley social es un reflejo de la ley cósmica, la persona que sufre su rigor, puede encontrar en su padecimiento una verdad, un conocimiento. Pero cuando las leyes de abajo no están vinculadas a las de arriba o, más aún, cuando se establece mediante una ley la permisividad de algo contrario al discurrir cósmico, se produce entonces una desorientación de la sociedad y un estado de rebelión contra leyes que solo tienen por objeto favorecer a la clase dominante o a una concepción equivocada del mundo.
En la sociedad profana se cree firmemente que en una ciudad sin ley impera el crimen y el desorden, y a menudo hemos visto en esas películas del Oeste como los cuatreros reinaban en la ciudad, hasta que un shérif fuerte y honrado los exterminaba.
Esa visión de la ley y el orden se encuentra en oposición con lo que ya hemos dicho sobre los ladrones, o sea que estos aparecen cuando la persona los suscita por su conducta desordenada. Cuando la persona desciende a los «bajos fondos» de su propia entidad humana, potencia a los ladrones que viven allí y estos aparecen para despojarle de sus virtudes representadas exteriormente por sus bienes. Si esto no fuera así la policía, con sus poderosos medios actuales, habría conseguido eliminar a los ladrones, y es bien notorio que no lo ha hecho.
Así resulta que la ciudad necesita un defensor de la ley en la medida en que sus ciudadanos se comporten de forma equivocada. Cuanto más errores cometan los que constituyen la clase de los «respetables«, más se necesitará el shérif que ponga «orden«.
En cambio, si los ciudadanos se comportan según el código inscrito en sus conciencias, los ladrones no aparecerán y la ciudad podrá prescindir de los agentes del «orden«.
Mientras los ciudadanos no actúen así, por mucha policía que haya en la ciudad, no conseguirá impedir el crimen, puesto que lo están generando los habitantes de la urbe en lo secreto de sus naturalezas y la represión no conseguirá detener ese parto. La policía se limitará a detener al «culpable» y el legislador pondrá sobre sus espaldas la «pesada carga» de su ley, sin acertar a relacionarlo con su víctima que lo ha engendrado.
En el próximo capítulo hablaré de: verdades molestas