Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 6

No dar lo santo a los animales

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«No deis las cosas santas a los perros, ni arrojéis vuestras  perlas a los puercos, de miedo que las pisoteen y que, volviéndose contra vosotros, os destrocen«. (Mateo VII, 6). 

Cristo advertía así a sus discípulos sobre la forma en que debían difundir la enseñanza. En la terminología de la antigua religión hebraica, se daba el nombre de perros y cerdos a los habitantes de las regiones inferiores del Mundo del Deseo, o sea a los Luciferianos, los cuales devoraban ciertas plegarias pronunciadas con objetivos egoístas. Solía decirse que Dios, al recibir de los seres humanos determinadas peticiones poco elevadas, las arrojaba a los perros, para que estos las atendieran.

Debemos entender esa advertencia en el sentido de no enseñar la doctrina sagrada a personas que no están preparadas para recibirla, ya que no solamente no entenderán lo que les decimos, sino que lo comprenderán mal, lo aplicarán peor y se volverán contra nosotros para reclamarnos daños por haberlas sacado a ellas o a sus familiares de esos comportamientos erróneos que constituían su pequeña felicidad. 

Para dispensar la enseñanza en la época actual, lo más apropiado es abrir centros en las distintas ciudades o difundirla a través de las redes para que puedan acudir por su propia voluntad quienes sienten en su interior la llamada. 

Por otro lado, debemos acudir donde se nos llame, para dispensar cualquier tipo de enseñanza. Pero no atender falsas llamadas de entidades o de particulares que, careciendo de una idea precisa acerca de lo que significa la doctrina del Reino, solo pretenden divertir a sus invitados o culturizar a sus auditorios hablándoles un día de esto y otro día de aquello.

Cristo vino a revelar la dinámica de otro mundo, del mundo de las puras energías, que se encuentra más allá del universo de las formas en el cual existimos. En ese otro mundo, que en términos cabalísticos se conoce como el de la columna de la derecha de El Árbol de la Vida, todo es distinto y la lógica del mundo profano no es aplicable a él. La razón tiene que elevarse hacia otros planteamientos y no podemos enfrentar la lógica profana con la sagrada; no debemos entrar en controversia con el mundo profano.

Sobre ese mundo profano debemos derramar la luz de las enseñanzas cristianas y esperar a que esa luz disuelva las tinieblas. Cuando la luz que hay en el interior de las tinieblas, es decir, dentro de las formas materiales, renazca, entonces la persona en la cual se haya producido ese renacimiento, nos entenderá y podremos dialogar con ella. 

Mientras esto no se produzca, con el ser profano no debemos entrar en controversia. Tampoco es positivo intentar «adaptar» el conocimiento de la ciencia sagrada a una determinada mentalidad, de manera que resulte compatible, para la persona, su comportamiento profano con los planteamientos del cristianismo, puesto que esa enseñanza es transmutadora y si no va orientada a producir un cambio, falla su objetivo y servirá entonces para alimento de «perros» y «cerdos«, es decir, para preservar y ennoblecer lo inferior que hay en cada ser humano.

En el próximo capítulo hablaré de: pedid y se os dará

Kabaleb
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