Era extranjero y me acogisteis, dice Jesús en este punto, estableciendo esa actitud como criterio de elección.
El mundo es la expresión del cuerpo divino en su más cristalizada manifestación. El ser humano se auto excluyó de la vida divina al no ser receptivo a determinadas normas de la Creación y su conciencia se ha ido formando en la lucha contra esas normas. Su itinerario obligado lo lleva al reconocimiento de lo que al principio empieza por el cuerpo material de la divinidad, es decir, por la admisión de que la tierra en que vivimos es el cuerpo de un Elohim que nos transporta sobre sus espaldas.
Si la Tierra es la manifestación física de la divinidad, los seres que la pueblan tienen que ser necesariamente solidarios, como lo son los átomos que forman nuestro organismo. A nadie se le ocurre decir: ¡Vaya, qué malos son los átomos de mi pierna! Y en cambio, cuando estamos en un determinado nivel evolutivo, tenemos por malos a algunos países, y los tratamos como si fueran el enemigo.
Cuando se acoge al extranjero con los brazos abiertos, cuando se ve en él al hermano, es señal de que se ha reconocido la unidad cualitativa del universo. En los tiempos de Jesús, los judíos no dirigían la palabra a los samaritanos y aún hoy es frecuente la hostilidad entre vecinos y la exaltación de las virtudes de una tierra, de una lengua, de unas costumbres en detrimento de otras.
Mientras el patriotismo no haya desaparecido, mientras lo extranjero no sea acogido tan cálidamente como si fuéramos nosotros mismos, es señal de que el ser humano no ha reconocido aún la unidad material de todas las cosas y, por consiguiente, deberá permanecer en el reino de lo múltiple, de la división, que es al mismo tiempo el de la inestabilidad, porque en él todo se mueve, todo rota y pasa por muchas alternativas.
Por otro lado, la doctrina de Jesús es extranjera, por cuanto no forma parte de nuestro mundo familiar, del conjunto de hábitos y de reglas por las que nos regimos. Acoger lo extranjero, significa estar predispuesto a adoptar lo que está lejos de nuestra mente, de nuestra sensibilidad y que puede enriquecernos, puesto que es algo que existe y forma parte del mundo, de la vida divina. La simpatía hacia el extranjero evidencia una apertura del espíritu hacia el más allá que Cristo representa.
Estaba desnudo y me vestisteis, prosigue Jesús en este punto. Vestir a Cristo ¿qué puede significar?
Si observamos la vestimenta en la vida social, vemos que hay un vestido para todas las situaciones. Para tomar un baño nos ponemos un traje de baño. En verano, nos vestimos con ropas ligeras; en invierno nos ponemos un abrigo. Para ir a una fiesta social nos vestimos de gala y tenemos una vestimenta para jugar al tenis, otra para ir a la alta montaña, etc.
El vestido es lo que da un rostro en los distintos escenarios sociales en que uno se mueve. Si aparecemos ataviados de romano en un mitin político, nuestro discurso se verá desacreditado. Por grandes que sean las verdades que proclamemos, si las lanzamos disfrazados de lagarterana, el público se reirá, porque no apareceremos con el rostro adecuado. Vestir a Cristo significa pues, presentarlo adecuadamente para que pueda circular por nuestro mundo social sin que sea objeto de risas, de sarcasmos o de odios. Cuando un político, en una campaña electoral, dice: somos cristianos y defendemos la sociedad cristiana; pero en otro punto de su discurso dice que tenemos que armarnos hasta los dientes y establecer pactos militares, le está poniendo un disfraz odioso a Cristo.
La enseñanza desnuda de la doctrina de Cristo solo puede convenir a unos pocos espíritus de élite. Al dirigirnos al pueblo, debemos vestirla adecuadamente según sea la asamblea que nos escucha.
De igual modo, estaremos vistiendo a Cristo si vamos «vistiendo» a los pequeños, a las tendencias que van manifestándose y de las que hemos hablado ampliamente en los puntos anteriores; o sea, si presentamos esas tendencias de una manera adecuada a la circunstancia, y no de una forma que sea más fácil que la tendencia se vea rechazada que aceptada.
El acto material de vestir a los pobres indica que ese impulso que ha de llevarnos a ser los elegidos está aflorando en los niveles más bajos, pero muchas son las familias que dan a los pobres sus vestidos usados, en lugar de tirarlos a la basura. Este tipo de «caridad» no procura al «bondadoso» mucho adelanto en el camino de la elección. Lo mejor que podemos hacer con lo usado, con las sobras, es destruirlas, abandonarlas al mundo de perdición en vez de reintroducirlas en un nuevo ciclo experimental. Es preferible ofrecer a los demás lo primoroso, lo nuevo, hacerles receptores de nuestras primicias y no de nuestros despojos.
Los luciferianos trabajan en todo lo usado, como las ratas en lo desperdiciado, y ofrecer a alguien lo viejo, lo que ya no queremos equivale en cierto sentido a conectarle con esas fuerzas involutivas. Por esa misma razón, no es muy aconsejable comprar objetos de segunda mano.
En el próximo capítulo hablaré de: Estaba enfermo