“Os he dicho esas cosas para que no sean para vosotros motivo de caída. Os excluirán de las sinagogas e incluso viene la hora en que quien os dé muerte creerá rendir culto a Dios. Y obrarán así porque ellos no han conocido al Padre ni a mí”. (Juan XVI, 1-3).
Así comienza el capítulo XVI del Evangelio de Juan, en el que se refieren los trabajos correspondientes a la penetración de la fuerza crística en el Ayn, la letra que representa la salida del mundo, la salida de esa macro-sinagoga que es el mundo material que nos sirve de campo de experiencias.
Después de la hora Samekh, viene la exclusión. El espíritu de verdad nos lo ha revelado ya todo, bien sea súbitamente, porque nos lo ha mandado el Padre, bien porque lo hemos ido elaborando poco a poco, por haber estado con Jesús desde el principio.
El espíritu de verdad, al dotarnos de órganos de percepción que nos permiten ver y comprender los mundos divinos, nos señala al mismo tiempo que la hora de las experiencias humanas ha terminado y que es preciso que salgamos de esa sinagoga que es el mundo físico, para entrar en la eterna sinagoga instalada en la Nueva Jerusalén.
Cristo nos dice estas cosas para que sepamos dónde nos conduce el camino, a fin de que no nos caigamos en él. Que sepa el peregrino que después de la gran comprensión propiciada por el espíritu de verdad, vendrá la exclusión. Se verá excluido de la sociedad, rechazado, incluso por aquellos que en la etapa anterior eran sus hermanos, aquellos que poseían, como él, el espíritu de verdad y vivirá en una soledad semejante a la muerte. Y aquellos que le infringen esa muerte moral, los que le niegan toda comunicación, creerán estar en lo cierto al hacerlo, creerán rendir un servicio a su propia divinidad interna.
Esa exclusión y esa muerte en los demás, tal vez produzcan en esa alma en las puertas del Ayn el deseo de volver hacia atrás y de buscar la simpatía, el amor humano, el aliento de otros corazones, la comunicación con sus semejantes, pero una vez ha dado ese gran salto al vacío que supone pasar de los confines del Samekh a las tierras vírgenes del Ayn, ya no le será posible volver atrás, y verá como todo intento de relación, de reconstitución de una célula humana, fracasa inexplicablemente. Creerá haber suscitado simpatía y amor; creerá vivir aún en la entrañable sinagoga de la fraternidad, pero cuando se proponga edificar en firme esa realidad, se dará cuenta de que todo fue ilusorio. Peor será todavía si esa alma se propone hacer negocios, reconstruir un imperio material para obtener, con dinero, el afecto, la amistad que por sí misma no puede obtener. Quizá en ese retorno del abismo consiga estructurar algo, porque posee la suprema inteligencia para poder hacerlo, pero cuando esa torre de su ilusión se encuentre ya levantada, la fuerza del Ayn la fulminará.
En ese punto del camino, lo único que le cabe hacer al peregrino es acelerar su marcha hacia adelante. Ya hemos anticipado, en un anterior capítulo, como las personas que abren su conciencia en el Mundo del Deseo encuentran en él todo el calor que han perdido, pero fuerte es la tentación del alma de hacer efectiva esa plegaria que instituyó Jesús y que dice: «Así en la tierra como en el cielo”. Y llevada por ese deseo, es posible que esa alma busque en la Tierra la compañía y el fervor de aquellos que con tanta vehemencia se le entregan en el cielo.
Pero el alma verá que hasta las plegarias tienen su tiempo de validez y que llega un momento en que prescriben y ya no son operantes.
En el capítulo anterior vimos como el de Virgo puede verse colmado de bienes, como lo fue Job después de haber sido sometido a la gran prueba. Ese esplendor material en la hora Virgo es el último que le es concedido al ser humano; es una prolongación de la hora Tauro-Noun para que se sacie de todo lo que la Tierra pueda dar de sí en cuanto a bondades.
Al salir de la puerta Samekh y entrar en el Ayn, ya no debe ambicionar que la Tierra le dé los bienes que le reserva el cielo, porque esto no le ha de suceder. Y ello por una razón bastante simple: las personas vivas en la Tierra no son las mismas que residen en el Mundo del Deseo. El yo que poseemos en ese mundo y que suministra alimento a nuestro cuerpo de deseos, estando fuera de la realidad humana y de sus problemas, se comporta con una libertad y una espontaneidad que no operan en el cuerpo físico, condicionado por el marco material.
En la hora Ayn, el alma debe buscar su felicidad en el mundo interno, en el Mundo de los Deseos y no en el mundo físico.
En el próximo capítulo hablaré de: la Torre Fulminada