Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 28

Servir a Cristo

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Si alguien me sirve, que me siga y allí donde esté, allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está turbada y, ¿qué voy a decir? ¿Padre, libérame de esta hora? Si es por ella que he venido. ¡Padre, glorifica tu nombre! Y una voz vino del cielo: Yo lo he glorificado y glorificaré aún. La muchedumbre que estaba allí y que lo había oído, decía que era un trueno. Otros decían: un ángel le ha hablado”. (Juan XII, 26-29).

Servir a Cristo, he aquí la cuestión. ¿Qué debemos hacer? ¿Morir en una cruz como él? Muchos de los primeros cristianos lo interpretaron así y eligieron el camino del martirio. Sin embargo no es lo mismo que un ser de la generación de los dioses derrame su sangre sobre la tierra y la purifique con su alta vibración, o que la derramemos nosotros y la tierra se quede igual.

A lo largo de su ministerio, Cristo exhortaría a menudo a sus discípulos a seguirlo. Así se lo dijo a los apóstoles en la primera hora, al joven rico que quería conquistar la vida eterna. A las muchedumbres que hacían camino con Jesús, las invitaba a cargar cada uno con su cruz y a seguirlo. Pero ese seguimiento no exige los mismos esfuerzos en la primera hora, que más tarde, cuando la fuerza crística ha penetrado en las instancias anímicas internas y se dispone a cambiar el orden material de nuestra vida.

Mientras Cristo emana en nuestra naturaleza humana, mientras penetra en nuestros sentimientos y en nuestra razón, el compromiso que representa el seguimiento de Cristo solo nos concierne a nosotros, solo afecta a nuestro particular modo de comportarnos. 

Pero cuando Cristo, descendiendo por el monte de los Olivos, alcanza la ciudadela que rige el mundo material, su seguimiento exige, no solo que nos comportemos -que seamos- de una determinada manera, sino que estemos dispuestos a cambiar la organización de este mundo material. No se trata ya de salir a predicar de dos en dos, sino de incidir directamente en la sociedad, en sus centros directivos, para que la marcha del mundo cambie su velocidad de crucero y sea posible invertir los mandos.

Jesús dice que el Padre honrará a quienes le sigan en esa hora, la hora Lamed, en la que se toma contacto con el mundo material. Ya sabemos que el atributo del Padre-Kether es la voluntad, difundida por todo el universo por el coro de Serafines que el Padre tiene a su servicio. 

Los favores del Padre a los seguidores de Cristo en esa etapa del camino, consistirán pues en asegurar un efectivo servicio serafiniano, a fin de que la voluntad sea permanentemente una fuerza de intervención eficiente en ese trabajo de transformación de la sociedad. El despliegue de la voluntad ha de llevar la empresa al éxito, puesto que, como sabemos, la voluntad, al accionarse, pone en marcha el Centro del amor de Hochmah, el cual genera a su vez las circunstancias propicias a la consecución del fin perseguido y ambas fuerzas unidas, las de Kether y las de Hochmah, constituyen la primera realidad material, gestada por Binah.

El alma de Jesús se turba al llegar a las puertas del mundo material y ello constituye el anuncio de la turbación de nuestra propia alma cuando alcance ese punto en el camino y, como Él, sentiremos la tentación de decir: “Padre, libérame de esta hora”. 

En efecto, llegados a este punto, sintiendo como Jesús y razonando como Él, quizá viviendo en comunidad, en circulo cerrado, de acuerdo con los ciclos naturales, tal vez pensemos que ya hacemos lo que debemos, que ya estamos siguiendo a Cristo y, es verdad, lo hemos estado siguiendo hasta el estadio Khaf, que es el anterior al Lamed. Pero si al llegar ahí le pedimos al Padre que nos libere de la nueva hora que ha sonado en el camino, seremos seguidores de Cristo hasta cierto punto y nada más.

Nuestro seguimiento de Cristo debe ir hasta el final, hasta conseguir que el mundo cambie como nosotros hemos cambiado. El itinerario humano así lo exige y puesto que no es posible permanecer aparcados en mitad del camino, mejor es cubrir ese itinerario hasta el final, cuando hemos recorrido tanto trecho, que esperar parapetados, en lugar seguro, a que sean otros los que promuevan el cambio.

Ya que el advenimiento del Reino, el retorno al Paraíso, a ese mundo de paz, abundancia, alegría y pureza que Cristo vino a anunciar, ha de ser obra de los seres humanos, es en nosotros mismos que debe instaurarse ese Reino, antes de que seamos capaces de llevarlo al exterior. 

Si nosotros no lo hacemos, otros, con más fuerza, lo harán, pero el Reino no sobrevendrá por sí solo: es una obra humana y hace falta el empuje del ser humano. Así pues, cuando la turbación sobrevenga en nuestra alma y sintamos el deseo de pedirle al Padre que nos libere de la hora de la pública confrontación, tengamos el valor de decirnos que es para alcanzar ese punto que nos hemos puesto en camino y que sería absurdo abandonar la empresa iniciada. ¿Qué ciclista, habiendo salido para dar la vuelta a un país y siendo el primero de la clasificación general, se detendrá a dos o tres etapas del final argumentando que ya ha hecho lo que tenía que hacer? 

En lugar de pedirle que nos libere, al contrario, llegados a este punto pidámosle voluntad glorificadora, el fuelle, el resorte que ha de permitirnos llegar al final del camino. Entonces resonará en nuestra alma la voz inconfundible que dice: “Yo lo he glorificado y lo glorificaré aun.” La muchedumbre, nuestra muchedumbre interna, que es la que ha de ejecutar las órdenes de nuestro Ego Superior, oirá esa voz, unos nítidamente otros como una fuerza natural que viene de lo alto y desciende hacia nuestra tierra humana, conmoviéndola.

En el próximo capítulo hablaré de: no es por mí

Kabaleb
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