Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 31

Los terremotos

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Los pueblos y los reinos se levantarán los unos contra los otros, dice Jesús, habrá terremotos y hambre.

Cuando nos movemos, cuando los centuriones que mandan en nuestras fuerzas internas gritan “¡En marcha!”, nuestros pueblos de células tienen que levantarse y ponerse en camino. Esto produce en nuestra tierra humana malestar y confusión, porque desorganiza el orden existente en tales poblaciones. El movimiento interno hacia la perfección altera toda la «existencia» en nuestro triple cuerpo. 

En primer lugar, desaloja las fuerzas espirituales que estaban actuando en nosotros y se produce en ellas una reacción, que Jesús ya explicó anteriormente, y a la que nos hemos referido al hablar de los siete peores, movilizados por el espíritu impuro que es desalojado de nuestro cuerpo.

Pero esos «señores feudales» no son los únicos perjudicados por el impulso ascendente de nuestro Ego Superior en dirección al Reino, ya que hay en nosotros una vida micro orgánica que vive en nuestras células y encuentra en ellas unas condiciones estables. Si nos ponemos «en marcha«, esa estabilidad se irá a pique, porque nuestra frecuencia vibratoria se alterará, apareciendo en nosotros una nueva tierra que ofrecerá unas condiciones de vida adecuadas a un nuevo pueblo micro orgánico. Entonces ese nuevo pueblo dirá: “¡Esta es nuestra tierra prometida!” y comenzará su marcha para instalarse en ella. Pero el antiguo pueblo no permanecerá con los brazos cruzados sino que defenderá esa tierra que se resquebraja bajo sus pies y producirá en nuestro interior un estado de anomalía, conocido con el nombre de enfermedad, de modo que unos micro orgánicos que hasta entonces habían sido nuestros amigos, pueden convertirse en nuestros más mortales enemigos.

Esos pueblos internos viven perfectamente jerarquizados, tienen su rey, sobre cuyas espaldas recae la responsabilidad del órgano que le ha sido confiado. Ese rey capta recursos provenientes de la suprema voluntad de Kether, que le son comunicados a través del sistema nervioso. Mientras el invasor de la nueva tierra no haya conseguido cortar esa vía de comunicación, tendremos dos voluntades imperantes en nuestro mundo interior, dos gobiernos, uno que nos impulsa hacia el cambio evolutivo y otro que trabaja para asegurar la permanencia de los valores antiguos, dando lugar a algo muy parecido a una guerra civil.

Esta lucha ya se describe en la Biblia, en los avatares del Pueblo Elegido para ocupar la tierra de los cananeos. Es una guerra permanente que se desarrolla en nosotros, con fases frías y calientes, puesto que ese avance hacia un más allá es una constante en cada uno de los seres humanos. Una guerra vivida con mucha más intensidad por el adepto, por la persona espiritualmente despierta, hasta su llegada a este Reino de la paz que Cristo representa, donde se vive en una estabilidad definitiva, en un eterno bienestar, puesto que ya no es necesario que ciertas fuerzas espirituales nos instruyan por la vía del dolor. 

Cuando hayamos alcanzado la conciencia crística ya no habrán desperdicios; asimilaremos las enseñanzas que nos vienen de arriba de forma directa sin necesidad de intermediarios.

Mientras los pueblos internos luchan unos contra otros, se produce un estado de hambre, ya que la tierra no siendo firme, ni produce lo que antiguamente producía, ni pueden sacarse de ella las nuevas cosechas. 

Por otra parte, los «agricultores» internos están movilizados defendiendo su tierra como para ocuparse de que esta produzca, y tampoco están en sus puestos los que se ocupaban de la distribución.

Esta situación puede resolverse de tres maneras: o bien el primitivo pueblo micro orgánico gana la guerra, destruye al invasor y restablece la normalidad en su tierra, llamando a las viejas fuerzas espirituales a que vuelvan a ocupar sus puestos, y en tal caso la persona ha perdido la batalla de la espiritualidad. 

O la contradicción subsiste, la guerra interna se prolonga, se generaliza, participan en ella todos nuestros pueblos, hasta llegar a un punto en que toda vida organizada es imposible y la persona muere. 

O bien la tercera posibilidad es que la espiritualidad gana el combate y establece un nuevo orden.

Esas tres opciones son las que se ofrecen a la persona en el estadio He del conflicto, ya que si alcanza su fase Vav, la conflictividad saltará al exterior y la persona entrará en guerra con sus semejantes.

Es muy frecuente ver a personas que han emprendido el camino de la espiritualidad, culpar a quienes les rodean por no poder realizar sus propósitos. Para unos son los niños, para otros el cónyuge, o el vecino que pone el tocadiscos con demasiado volumen y les impide concentrarse. Y así no reconocen al enemigo dentro, sino que lo detectan fuera, y entonces la dinámica es la misma: o bien sucumbirán a ese enemigo externo y abandonarán sus pretensiones espirituales; o se destruirá la familia y la persona se irá en busca de un medio ambiente que creerá más propicio; o bien la espiritualidad triunfará pasándose a ella todos los que la perturbaban.

A veces se ha dicho, al hablar de esa problemática, que el estado de enfermedad es ineludible para todo aquel que aspira a vivir la espiritualidad, porque tienen que producirse cambios internos y modificarse todas las corrientes que circulan por nuestro organismo. Sin embargo, si la espiritualidad forma un frente único, si ataca al enemigo por los cuatro puntos cardinales, esos cambios tendrán lugar en un abrir y cerrar de ojos. Si el estado enfermizo o la crisis se prolonga, es que la espiritualidad desfallece, es fluctuante, y la voluntad está aprovisionando a las dos partes enfrentadas.

Por último, cuando el conflicto individual se generaliza y se convierte en conflicto de todos, aparece la guerra exterior, que en la fase He es guerra civil, en el seno de una misma nación, y en la fase Vav es la guerra internacional. 

Toda guerra tiene su origen en un afán de expansión del espíritu de una nación o en el afán de conquistas territoriales con las que «expansionarse«. Lo uno y lo otro corresponden a una necesidad de ir más allá que no ha encontrado su adecuado cauce. 

La espiritualidad, en los bajos niveles, se manifiesta como una necesidad de ser más y de ser reconocido como tal por los que nos rodean. Resulta pues que el proceso de espiritualización, mientras la conciencia no ve con claridad el juego de fuerzas que pone en movimiento, ha de desembocar en guerras, tanto por dejar en la sombra zonas que pasan a ser regidas por la fuerza de repulsión, como por movilizar «pueblos» que se lanzan a la ocupación de las nuevas tierras que la espiritualización va creando. 

Así tenemos que el estado de guerra es el natural mientras ese proceso no haya llegado a su fin, o sea, mientras la humanidad avanza hacia ese reino paradisíaco que Jesús vino a proclamar.

Cuando ese estado de guerra se haya generalizado y sea permanente la amenaza de guerra, ello supondrá que todos nuestros pueblos internos se han puesto en marcha, que todo se mueve en nuestro interior y, por consiguiente, los dolores del parto de ese otro mundo habrán empezado.

En el próximo capítulo hablaré de: los tormentos

Kabaleb
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