Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 32

En tiempos de Noé

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Lo que ocurrió en los tiempos de Noé -prosigue Jesús- sucederá igualmente en el advenimiento del Hijo del Hombre, ya que en los días que precedieron el Diluvio, los hombres comían, bebían, se casaban y casaban a sus hijos, hasta el día en que Noé entró en el Arca; y no se apercibieron de nada hasta que vino el Diluvio y se los llevó a todos: lo mismo ocurrirá en el advenimiento del Hijo del Hombre. Lucas precisa: Velad sobre vosotros mismos, de miedo a que vuestros corazones se insensibilicen por los excesos de comida y de bebida y por las preocupaciones de la vida y que ese día os pille desprevenidos.”. (Mateo XXIV, 37-39; Marcos XIII 33; Lucas XXI, 34).

En los tiempos de Noé apareció un nuevo elemento, el Aire, mientras que el elemento dominante hasta entonces, el Agua, era acondicionado en su adecuado receptáculo. Desde entonces, el Aire ha invadido el espacio, en el que antes se encontraba el Agua, y el Aire ha sido el edificador de nuestra vida, establecida sobre criterios lógicos, puesto que el Aire se convierte en pensamiento en nuestra naturaleza y su atributo es la lógica. Pero el retorno del Hijo del Hombre, arrastrará consigo el Fuego del Padre.

Si estudiamos los elementos tal como aparecen en el zodíaco y en el Árbol, vemos que Fuego y Aire son el polo positivo y negativo de un mismo eje, y lo mismo sucede con el Agua y la Tierra. En efecto, en el punto opuesto a Aries, Leo y Sagitario, los tres signos de Fuego, encontramos Libra, Acuario y Géminis, los tres signos de Aire; y en la oposición de Cáncer, Escorpio y Piscis, los tres signos de Agua, encontramos Capricornio, Tauro y Virgo, los tres de Tierra. En el Árbol, el Fuego aparece en el Mundo de Emanaciones, el Agua en el Mundo de Creaciones, el Aire en el Mundo de Formación, y la Tierra en el Mundo de Acción. Si expresamos esos elementos mediante una cruz, el Fuego se inscribirá en la punta Este, el Aire en la punta Oeste, el Agua en el Norte y la Tierra en el Sur.

AGUA 

AIRE FUEGO

TIERRA

Tenemos así que el Aire es la parte negativa del Fuego, o sea, dicho con otras palabras: la lógica, la razón, es el negativo de la espiritualidad, entendiendo por tal esas fuerzas primordiales que contienen el Ser de todas las cosas y que permiten comprenderlas. A veces aparece en nosotros como una intuición, rayo de luz que deslumbra nuestra razón, pero se va, se esfuma, porque el Fuego no puede manifestarse en el Aire sin provocar una combustión que devasta el Aire, lo elimina, lo excluye. El Aire es tragado por el Fuego y por ello las víctimas de los incendios mueren sofocadas antes de ser quemadas por las llamas. Cuando lo positivo se manifiesta en lo negativo, lo destruye, y lo mismo ocurre con el Agua cuando inunda la Tierra.

Cuando en el segundo Día de la Creación, las aguas zodiacales invadieron la Obra, el universo cayó en manos de la oposición cósmica; las fuerzas negativas erigieron su imperio y doblegaron a la espiritualidad imponiendo normas contrarias a las establecidas por el Creador. Se vieron así excluidos del mundo tanto el Fuego como el Aire. Pero al final de ese Segundo Día el Creador ya había conseguido dominar el elemento rebelde, dándole un habitáculo natural, desde el cual podía contribuir armoniosamente a la Obra que estaba realizando. Así, en el tercer Día pudo aparecer el elemento Aire y el Espíritu pudo empezar a ordenar las cosas a través de su polaridad negativa.

En este cuarto Día hemos recapitulado ese proceso creador, y así hemos visto que hubo una época en que el Agua cubría toda la Tierra y en que la humanidad vivía sumergida en una densa niebla. Era la época de los nibelungos y los hijos de aquel tiempo no poseían aún la razón. En ese periodo -nos dice la Cosmogonía de los Rosacruces- los luciferianos, que anteriormente se habían negado a trabajar con el Elemento Agua en el tercer Día de la Creación (que fue el momento en que ellos conquistaron la autoconciencia) fueron condenados a realizar los trabajos que antes no hicieran, dirigiendo a la humanidad a través de sus emociones.

Al terminar los trabajos recapitulatorios del segundo Día de la Creación, el Agua fue situada en su receptáculo y el Aire pudo aparecer por primera vez. El Diluvio supuso pues el final de una situación caótica y el principio de un orden. Ya hemos visto, a lo largo de esos estudios, que en cada vida el ser humano recapitula esas etapas pasadas, de modo que vivimos un período en el que nos vemos dominados por nuestras emociones, como el hombre de las nieblas, para acceder después a la etapa de la razón, en la que el ser emotivo muere, como murieron en el Diluvio todos los que no se habían construido pulmones con los que respirar el nuevo elemento.

En la hora actual son muchos aún los nibelungos que viven sin darse cuenta de que su mundo ha muerto; muchos los que viven sumergidos en sus emociones, con la lógica y la razón esclavizada por ellas. Y son muchos los que, habiendo vivido en el universo de lo razonable, se sumergen de nuevo en esas nieblas cálidas, en las que se encuentran en seguridad. Todos los que cultivan el amor a la raza, a la región, al particularismo, a lo que divide, se encuentran en esta situación.

Así pues, el ordenamiento del Agua, su ubicación en los ríos, los lagos, los mares, permitió a la espiritualidad expresarse por su polaridad negativa y apareció el Aire. Los seres humanos no se apercibieron de que aquel cambio iba a producirse, dice Jesús, y seguían comiendo y bebiendo el manjar de la época, que era el que alimenta las emociones. Y, del mismo modo, el hombre de hoy, el que es ciudadano de ese mundo de lo razonable, no hablemos ya del nibelungo, come y bebe razón y lógica sin apercibirse de que el Elemento Fuego comienza a expresarse ya por su polaridad positiva y que esa dinámica ha de conducir a la catástrofe, al fin del mundo de la razón tal como lo conocemos.

Sin embargo, hay una diferencia esencial entre la aparición del mundo del espíritu y la del mundo de la razón. En tanto que el Aire apareció de una forma natural cuando las aguas se retiraron a su cauce, el advenimiento del mundo del espíritu ha de ser una conquista del ser humano. Es el Hijo del Hombre, el fruto de los esfuerzos humanos, quien hará que el Fuego sea para la humanidad un elemento positivo y no destructor.

Nuestro Ego Superior vive en el mundo del Fuego, y cuando encuentre en sus vehículos mortales una morada adecuada para residir, cuando sean muchos los Egos humanos que residan en el hombre, sobrevendrá el cambio, que pillará igualmente por sorpresa a los insensibilizados por los excesos de comida razonable y por las preocupaciones de la vida de hoy.

En el próximo capítulo hablaré de: velad

Kabaleb
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