«Al entrar en Capharnaum, le salió al encuentro un centurión y le rogaba diciendo: Señor, un criado mío está postrado en mi casa paralítico y padece muchísimo. Le dijo Jesús: yo iré y le curaré. Y le replicó el centurión: Señor, no soy digno de que entres en mi morada, pero mándalo con tu palabra y mi servidor será curado. Pues aún yo mismo, estando sujeto a otros, como tengo soldados a mi mando, digo al uno: marcha y él marcha; y al otro ven, y él viene, y a mi servidor le digo “haz esto» y él lo hace. Al oír esto Jesús mostró gran admiración y dijo a los que le seguían: en verdad os digo que ni aún en medio de Israel he hallado fe tan grande. Así yo os declaro que vendrán muchos gentiles del Oriente y del Occidente, y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos: mientras que los hijos del reino (los judíos) serán echados fuera a las tinieblas: allí será el llanto y el crujir de dientes. Después dijo Jesús al centurión: Ve y que todo se haga según tu fe. Y al instante mismo el servidor fue curado«. (Mateo VIII, 5 a 13).
De este punto se desprenden varias enseñanzas. Vemos cómo un hombre que sirve a otro señor, puede sin embargo elevarse por su fe muy por encima de los que «se sientan en la mesa de Abraham, Isaac y Jacob«, los patriarcas, es decir, de aquellos que están comiendo los mismos alimentos que los que generaron al «pueblo elegido«.
Vemos, asimismo, como la fe puede transmitir a terceras personas la fuerza curativa de Cristo sin necesidad de que el transmisor esté a su servicio. En esta situación se encuentran numerosos curanderos profesionales, los cuales, sirviendo al César y mandando en «sus tropas«, es decir, trasmitiendo órdenes a las tendencias profanas que actúan en el mundo material, son sin embargo portadores de fuerza curativa.
El centurión no se considera digno de que Jesús penetre en su morada y él mismo es quien impide esa penetración. Sin embargo, está convencido del poder curativo de Cristo y si lo está es porque lo conoce, porque lo ha conocido, mejor dicho, y ha abandonado después su servicio.
En las escuelas iniciáticas vemos también como algunos adeptos, después de haber alcanzado los grados superiores, abandonan la orden y vuelven al servicio de su yo profano. Pero, al decidirlo así, no pierden nunca la graduación alcanzada y, en otro momento de sus vidas, pueden volver al mundo sagrado del que descendieron recuperando en él su rango.
De igual modo, esos centuriones‑curadores que trabajaban por un provecho material, por un renombre, un prestigio que pusiera galones a su personalidad, no pierden el linaje que en anteriores vidas alcanzaran, aunque ahora sean “indignos” de que Cristo penetre en sus moradas. De ahí podemos deducir otra enseñanza, y es que las personas aparentemente indignas (las que pensamos que no se han ganado lo que tienen) pueden estar en posesión de títulos muy codiciados y encontrarse por encima de los que “comen en la mesa de los patriarcas”, porque pueden sacudirse de encima su indignidad y recuperar su rango en el Reino del Padre, en cualquier momento.
Otro tema reflejado es que si en un momento dado, por cuestiones personales, nos vemos abocados a dejar nuestro camino de crecimiento personal y servir al Herodes de turno, no perdemos nada de lo que hemos adquirido con anterioridad y en cualquier momento podremos reconectar y retomar nuestros “poderes”, para utilizarlos.
En el próximo capítulo hablaré de: restablecer el orden