Uno de los más misteriosos episodios de la vida de Jesús loconstituye su encuentro solitario con la samaritana en el pozo de Jacob. Se produjo este encuentro en el curso de un viaje desde Judea a Galilea, en el que tenía que pasar obligatoriamente por las tierras de Samaria.
Jesús acababa de ser reconocido como el Cristo que estaban esperando por Juan el Bautista, el cual había dicho a sus discípulos refiriéndose a Jesús: «es preciso que él crezca y que yo disminuya. El que viene de arriba está por encima de todos y rinde testimonio de lo que ha visto y oído, sin embargo nadie recibe ese testimonio (…) El que cree en el Hijo, tiene la vida eterna; el que no cree en el Hijo, no verá la vida y la cólera de Dios permanecerá en él». (Juan III, 30‑36).
Anteriormente (Mateo XI, 1‑3), nos dice la crónica evangélica, que Juan estando en la cárcel y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, hizo que sus discípulos le preguntaran si era él a quien esperaban o si debían seguir aguardando. Aquí se nos dice que Juan reconoció la personalidad de Cristo cuando aún no había sido encarcelado (Juan III, 24). Si Juan Bautista salió de su prisión con la cabeza cortada, hay un error cronológico, a menos que se trate de hechos simbólicos y así debemos interpretarlos para que puedan parecer coherentes.
En efecto, hemos visto que Juan Bautista era el último eslabón del camino de la izquierda, el de la ley y que Cristo es el iniciador del camino de la derecha en el Árbol de la Vida. El Juan que duda sobre si Cristo es o no el esperado, es un Juan prisionero del mundo material, es el Juan que sabe que un liberador ha de venir, pero que es incapaz de reconocerlo porque está en la cárcel de la materia. Pero en el desarrollo de las potencialidades internas, alcanzamos todos un estadio denominado Juan Libre, en el que sí se reconoce la tendencia redentora y entonces nuestro Juan Libre anuncia a todos los que le siguen que el otro es el enviado del cielo y que en Él está la vida eterna, que representa las energías creadoras eternamente existentes, gracias a las cuales las formas pueden vivir temporalmente.
Los que no creen en él, deberán permanecer en la columna de la izquierda, a través de la cual se expresa la cólera de Dios. Es decir, los que no quieren pasarse a la columna de la derecha y empezar a vivir su vida bajo los parámetros del amor, seguirán en la senda difícil, la que les “obliga” a experimentar para poder conocer y avanzar, seguirán el dicho “la letra con sangre entra”.
La liberación de esa columna se produce por decapitación. La cabeza de la columna de la izquierda, llamada Binah, salta como el tapón de una botella de champagne y la vida fluye libre por el sendero que conduce a Hochmah. Esa fue la decapitación simbólica que sufrió Juan, cuando Salomé, símbolo del alma humana, enamorada del Conocimiento, exigió que, en una gran fiesta, se le sirviera su cabeza (Marcos VI, 21‑26). Entonces Juan reconoce a Cristo y lo proclama entre sus seguidores. A partir de ese momento, ya no hay dos voluntades que bautizan, sino una sola, y los discípulos de Juan se funden con los de Cristo.
En el próximo capítulo hablaré de: El pozo de Jacob