Cristo no vino pues a proclamar la supremacía del individuo contra la colectividad, contra el grupo, la raza o el pueblo, sino a llevar al individuo la visión de la unidad de todo, haciendo innecesaria la presión de las leyes sociales en este sentido.
En ese momento de su ministerio, el mundo antiguo está tan corrompido, que cuando Pilato les dice. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”, los príncipes de los sacerdotes contestan: “Nosotros no tenemos más rey que el César”. Esa respuesta les valió la entrega de Jesús para ser crucificado.
El César es Malkuth, con todas sus variadas manifestaciones, esos reyezuelos que se llaman Herodes, Pilato u otros. El César y sus hombres reciben el poder de lo alto: es Kether quien pone la voluntad para que nuestro mundo se ponga en marcha. Luego, en el proceso de elaboración interna, esa voluntad va siendo molida por las ruedas de los distintos Sefirot y cuando llega al César, la orden de ejecución ya no es la misma; ya no es la voluntad de Kether la que el César realiza, sino lo que ha quedado de ella. Es como aquel juego en el que el primero pasa una palabra y cuando esta llega al último, se ha transformado en algo distinto.
Aunque esto suceda así, cuando el César ha actuado, en el proceso normal de las cosas, los mecanismos internos elevan hacia arriba las experiencias obtenidas en esa manifestación y el Ego Superior las asimila y encuentra en ellas honor y satisfacción, según una fórmula consagrada por los rituales.
El hecho de que el César mande hacia arriba sus experiencias significa que reconoce la supremacía de ese señor de arriba y, de algún modo, trabaja para él, aunque el propio César se cobre una parte importante. Entonces, cuando lo vivido abajo sube hasta la cima, Kether-Ego manda al César una nueva carga de voluntad, o sea, le confía una nueva misión.
El problema surge cuando ese intercambio no se realiza; cuando el César ya no manda ni siquiera una mínima parte al señor de arriba y actúa como si ese Rey de arriba no existiera y como si él fuera el único soberano.
El César necesita la voluntad de Kether para poder actuar, pero como Kether la pone generosamente en todas las cosas, no es necesario aprovisionarse de ella en sus mismas fuentes. El César puede encontrar esa voluntad en Yesod, en Hod, en Netzah, de modo que en lugar de hacer subir sus experiencias hasta Kether, le basta con que suban hasta esos centros sefiróticos más inmediatos, recibiendo las órdenes de la inteligencia práctica de Hod o de los sentidos, regidos por Netzah.
Puede también el César conservar para sí sus experiencias, engordando su propio reino y no comunicarse con séfira alguno, ya que en el propio Malkuth se halla presente Kether. Así resulta que el ciclo voluntad-actividad se realiza en coto cerrado sin la participación de los demás Sefirot. Esto aparece en un Árbol particular cuando Malkuth se encuentra bloqueado, o sea, cuando los senderos desde Netzah, Hod y Yesod confluyen hacia él. Cuando esto ocurre, la persona se basta a sí misma; no necesita aportaciones del mundo exterior: se siente satisfecha y feliz en el reino del César.
En el próximo capítulo hablaré de: trabajar para el César