Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 42

Los guardianes se retiran

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En el punto de la Enseñanza en que nos encontramos, es decir, en la puerta 17, llamada Phe, los coros de guardianes ya se han retirado, porque ellos trabajan con el Zodíaco y su protección se ejerce mientras nosotros estamos en él, en los quince escenarios representados por las quince anteriores letras-fuerza ya estudiadas. En el Ayn, la puerta dieciséis, abandonamos la sinagoga mundana y, por consiguiente, ya no necesitamos que nadie nos guíe por ella, puesto que nuestros ojos se han vuelto hacia arriba y ya han prescrito los programas relacionados con lo de abajo.

En la puerta diecisiete, el único que permanece aún con nosotros es el Maestro, el propio Cristo, jefe y señor de los Querubines, el cual nos inducirá a levantar la mirada, primero hacia el Mundo del Deseo y nos recomendará después al Padre para que nos irrigue con el flujo de su pensamiento y sepamos por nosotros mismos cómo funciona el universo.

Pero el Maestro se va. Está ya a punto de perderse en la noche y de ser arrebatado en ese lugar llamado Getsemaní (Ghimel-Tsade-Mem-Noun) donde la voluntad divina (Ghimel) ha de someterse a lo establecido, a lo escrito (Tsade) y ser vencida por el mundo, bebiendo hasta la última gota de la copa de la amargura (Mem-Noun). 

El Maestro se va, su espíritu retorna al Padre, indicándonos el movimiento que, más tarde, nosotros tendremos que realizar. Se va y nos deja en el mundo sin que pertenezcamos ya al mundo; estamos en él porque nuestro cuerpo nos ata a la Tierra, pero sus realidades, sus placeres ya no nos conciernen. Psíquicamente sentimos que pertenecemos al mundo de arriba, pero físicamente estamos aún abajo, en esa posición incómoda y desequilibrada que consiste en tener un pie aquí y el otro allá. Ese pie en la sinagoga mundana constituye para nosotros un talón de Aquiles por el que las fuerzas involutivas pueden penetrar, puesto que lo tenemos anclado en sus tierras. Solo si nuestra penetración en el Padre es profunda, si hemos echado raíces arriba, si el Padre nos guarda en su palabra, conseguiremos ser indiferentes a los valores que esas fuerzas involutivas representan, y el aborrecimiento del mundo resbalará sobre nuestra coraza de divinidad.

“Ninguno pereció mientras yo he conservado a estos que me diste en tu nombre, dice Jesús, salvo el hijo de la perdición, para que lo escrito se cumpliese”.

Mientras las leyes de Binah subsistan, inevitablemente habrá hijos de la perdición, o sea, se generarán en el mundo desperdicios. Así está establecido, de acuerdo con la necesidad creadora de la que tanto hemos hablado en esta enseñanza. Todo tiene su parte útil y su parte sobrante. En el mundo mineral, los materiales que utilizamos deben ser refinados y depurados; en el vegetal, una parte de la planta es útil y otra se pierde; los animales y el ser humano expulsan por sí mismos la parte no asimilable de lo que ingieren, y en todos los niveles encontramos al hijo de la perdición, hasta que, habiendo superado la dependencia de Binah, ya en los dominios de Hochmah, nos encontremos fuera del mundo de los desperdicios, definitivamente salvados del peligro de ser la escoria, de ser lo que se arroja al fuego que quema para pasar a un nuevo ciclo a partir de cero.

Ese Hijo de la Perdición lo estamos generando y gestando a lo largo de nuestras encarnaciones. Es aquello que desechamos, que no asimilamos del alimento que nos da nuestro Ego Superior. El Ego, al establecer un programa de vida, que sus vehículos deberán protagonizar, siempre idealiza un poco a los cuerpos que van a interpretarlo. Así vemos, a menudo, como algunos Egos cargan con gran cantidad de karma a liquidar y luego, cuando su cuerpo mortal ve aquello, se asusta e intenta huir en el mismo seno de la madre, obligando a que lo saquen con fórceps. Esto sucede respecto al compromiso de liquidar cuentas del pasado y también respecto al programa de las nuevas experiencias.

En el próximo capítulo hablaré de: como una madre

Kabaleb
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