Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 40

Encerrarnos en una verdad

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Encerrarnos en una verdad, es un peligro que nos acecha a menudo. Cuando transitamos por el valle, cuando no hemos pensado ni tan siquiera en comenzar la escalada de la montaña, la pequeña verdad que llevamos a cuestas, como el escarabajo pelotero su bola, nos resulta cómoda. Gracias a ella nos explicamos toda una serie de pequeñas cosas que hacen coherente el micro-espacio en el que nos movemos, y así nos sentimos en él en seguridad. 

Si a ese nivel, la pequeña verdad ya resulta tranquilizante, ¿qué no hará cuando nos hayamos elevado hacia la cima y contemplemos una verdad luminosa, reveladora? Llega un momento en que el alma dice “¡Basta!, ya lo tengo, ya lo sé todo, me voy a enfundar la bata del profesor y abriré una cátedra para expender esa verdad, que es la meta hacía la que todos van”. A los que así proceden, les conviene recordar las palabras de Jesús en esa hora: “muchas cosas tengo aún por deciros«. No se trata de una prédica circunstancial, sino de algo que tiene un valor permanente. Siempre, por mucho que nos encumbremos en el mundo divino, le quedarán a la divinidad muchas cosas por decir y conviene permanecer en situación de discípulos, de estudiantes, y no de maestros.

Cuando venga aquel que se espera, el espíritu de verdad que trabaja en esa estancia, nos guiará hacia la verdad completa, dice Jesús; es decir, no nos comunicará una verdad completa, sino que nos guiará hacia ella. Haremos con él un trecho del camino y luego seremos atendidos por otro espíritu de verdad, el que trabaja en la estancia siguiente, y así sucesivamente.

El espíritu de verdad no hablará de sí mismo, sino de lo que ha oído y nos comunicará lo venidero, dice Jesús. ¿Cómo debemos entender esto? Veámoslo.

Ya hemos dicho que hasta la estancia Samekh el ser humano se encuentra en la rueda zodiacal, inmerso en un ciclo en el que tiene que realizar unos trabajos determinados. El espíritu de verdad que actúa en nuestro interior, o sea la fuerza que nos da la facultad de comprender mientras estamos dentro de la rueda, “habla de sí mismo”. Esto significa que nos facilita instrucciones concretas para salir del apuro en el que nos encontramos, y que estas solo tienen un valor con referencia a la situación que estamos viviendo en aquel determinado punto del ciclo. No tienen un valor permanente. Esto aún resulta mucho más cierto cuando los instructores son del linaje luciferiano, ya que estos siempre hablan por sí mismos, sin garantía de que lo que dicen sea tan siquiera cierto, sino que la mayoría de veces es mera estrategia para conseguir un fin, el cual – según ellos y su portavoz Maquiavelo- justifica los medios.

Los luciferianos se valen del engaño para instruir; los ángeles nos enseñan unos programas que contienen una verdad parcial, que opera tan solo en aquel momento cíclico. Nuestros ángeles guardianes en particular, tienen el deber de llevarnos al Bien y, para conseguirlo, pueden suscitar en nosotros una determinada visión de las cosas, que nos inducirá a comportarnos de una manera adecuada a nuestro programa profundo, no siendo aquello la verdad completa, sino una verdad parcial, funcional, adaptada a nuestras necesidades humanas del momento.

En cambio, cuando los arcángeles de Cristo entran en funciones, no hablan de sí mismos, sino de lo que han oído en su mundo: son los perfectos transmisores de un saber universal, libre de contingencias; de un saber solo apto para los que se han liberado de la rueda zodiacal.

En el próximo capítulo hablaré de: tomará de lo mío

Kabaleb
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