Mientras estaba en Jerusalem para celebrar la Pascua, dice la crónica que muchos creyeron en su nombre al ver los milagros que hacia. Pero Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía por dentro. (Juan II, 23‑25).
Se describe así la situación de muchos que durante la Pascua, mientras Jesús se encuentra en su ciudadela anímica, es decir mientras el Sol atraviesa el signo de Aries, creen de pronto en la fuerza interna que penetra en su ciudadela psíquica. Pero tratándose de un tránsito pasajero, su fe se desvanece cuando el Sol entra en Tauro y les anima a apegarse a los valores del mundo material que este signo representa.
Lo importante es que la naturaleza crística permanezca en nosotros definitivamente, porque halla en nosotros la morada que necesita, porque encuentra ese templo‑Ghimel edificado en tres días, en lugar del templo Mem‑Vav donde moran las bestias y los mercaderes.
Explicaba una persona que había estado con uno de esos gurús que te empujan a pasar las brasas sin quemarte, que durante los tres días siguientes al evento, había sentido una gran energía en su cuerpo y se creía capaz de todo. A partir del cuarto día, volvió a su estado normal y a mantener su vida anodina y ordenada del Mem-Vav.
Por eso es importante comprender los pasos que seguimos cuando entramos en el mundo espiritual: conocer-comprender-aplicar. Evidentemente el último es el que nos cuesta más, pero se trata de perseverar.
En el próximo capítulo hablaré de: Nicodemo, el hombre nuevo