De todas las burlas posibles, la más sangrienta es la burla del soldado. Para recordarnos que este hecho no es un símbolo, en ocasiones la prensa recoge la noticia de que un hombre ha fallecido como consecuencia de una broma que le gastaron sus amigos o de una novatada. Ese hombre ha tomado sobre sus espaldas el papel de Jesús en esa hora, en la que, después de haber enseñado con sus prédicas, con su ejemplo, se dispone a enseñar a los que solo pueden acercársele a través de la burla, la víctima de la broma muere y su muerte producirá en sus verdugos una toma de conciencia en profundidad, lo mismo que sucedió con esos soldados que maltrataban a Jesús, los cuales después, en el Calvario, cegados por la oleada de luz que inundó la Tierra al penetrar en ella el cuerpo de deseos de Cristo, exclamarían: “verdaderamente, este era el Hijo de Dios”.
La corona de espinas que tejieron los soldados, ¿es algo que nosotros, en nuestra andadura humana, podamos evitar? La corona de espinas forma parte de la copa de la amargura que Jesús pedía al Padre que, de ser posible, no le diese a beber. Forma parte del lote que encontramos en Getsemaní, cuando nos enfrentamos con lo establecido para disolverlo en nuestra luz. ¿Qué representa pues esa corona de espinas tejida por los soldados? Veamos en primer lugar qué significan los soldados en nuestra organización psíquica interna.
Los soldados son los ejecutores de nuestra política, los que velan para que nuestras leyes sean cumplidas. Si el Ego Superior fuera en nosotros la máxima autoridad, si gobernara plenamente nuestro vehículo, esos soldados serían los defensores del orden divino y ya no serían soldados, porque no es con armas que el orden divino se establece en nosotros.
Ya vimos en los últimos capítulos que las espadas, las armas, representan los desperdicios del elemento Aire-Razón. O sea, cuando no sabemos utilizar los recursos racionales que los ángeles Tronos de Binah-Jehovah ponen a nuestra disposición, aparecen los soldados que nos imponen a la fuerza el programa no realizado del Ego Superior.
Los soldados están siempre a las órdenes del usurpador, del ocupante, de la persona que se ha ceñido la corona que debería llevar el Ego Superior y, por consiguiente, las leyes que defienden no son justas, nos vemos así sometidos a un orden injusto, o más bien a un desorden.
Mientras combatimos al servicio de nuestro tirano interno, vamos tejiendo esa corona de espinas que un día u otro acabará incrustándose en nuestra propia cabeza; es decir, vamos tejiendo el dolor que nuestro prójimo encaja. No nos referimos al dolor directo, porque este ya retorna a nosotros y lo vamos liquidando vida tras vida, sino al que infligimos a terceras o cuartas personas de forma indirecta, debido a los yerros y al desorden que nosotros provocamos en sus suministradores directos. Siempre somos los responsables directos de algo y los intermediarios indirectos de gran cantidad de cosas. Y cuanto más elevado es nuestro nivel de responsabilidad, mayor es nuestra incidencia indirecta, de modo que más espinas tejerá nuestra soldadesca interna y más espesa será la corona que un día nuestra cabeza deberá encajar.
La corona de espinas representa pues el dolor que nosotros establecimos cuando el usurpador, el ocupante, regía en nuestra psique, se trata de un dolor que debemos absorber de forma consciente y voluntaria, antes de abordar las tareas creadoras.
Vemos en esta secuencia que la actitud de Jesús es paciente, pasiva. Acepta el dolor de los espinos sin inmutarse. Si nuestro camino evolutivo pasa por esa estancia, si no hemos procedido con anterioridad al derrame de los ungüentos, siguiendo la vía de María, la hermana de Lázaro, nos tocará también ser pacientes ante los espinos cuando coronen nuestra frente.
La naturaleza de esa corona de espinos puede ser muy variada, porque dependerá de cómo hayan actuado nuestros soldados al tejerla; es decir, puede dar lugar a situaciones humanas muy dispares, pero la actitud clave en ese punto de nuestro camino, es la paciencia.
Ser paciente significa aceptar las imposiciones de los demás, aunque violenten nuestra naturaleza, aunque nos desvíen del camino que teníamos la intención de recorrer; incluso aunque la aceptación de sus imposiciones nos obligue a descender a niveles que ya habíamos superado, ya que si esa convivencia no resultara para nosotros una prueba, ya no sería una corona de espinas lo que ceñiría nuestra frente.
En las distintas etapas de nuestro camino, hay momentos en que nuestra tarea humana consiste en buscar lo complementario; hay otros en que consiste en vaciarse de las emociones; otros en que debemos ser capaces de desprendernos de todo, y así las tareas se diversifican, según el lugar que ocupamos en la sinagoga humana en que nos encontramos ubicados.
Pero cuando hemos cruzado la montaña de Getsemaní y nos encontramos en poder de los soldados del César, nuestra actitud ha de consistir en aceptar lo que la vida nos impone, sea lo que sea, sin que esa aceptación signifique por nuestra parte una renuncia a lo que realmente somos.
La corona de espinas significa descender a abismos de los que nos habíamos librado ya; significa ir en contra de nuestra propia voluntad y aún a veces de los imperativos de nuestra conciencia.
En el próximo capítulo hablaré de: el ser de evolución media