”En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, ese hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que estas, porque yo voy al Padre y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo la haré”. (Juan XIV, 12-14).
Jesús expresa con estas palabras lo que decíamos en el último párrafo del punto anterior. El que cree en Él, es decir, la persona que se ha construido una personalidad crística a base de vivir como Cristo nos ha enseñado, esta dispone de un cuerpo de deseos tan elaborado como el cuerpo físico, y está en condiciones de operar con él como lo hace con el cuerpo físico.
Entonces tendremos que las leyes activas en el Mundo del Deseo serán igualmente activas en nuestro mundo. Ya vimos en las Bodas de Caná, que bastó que Jesús deseara complacer a su madre, la cual le pedía un milagro, para que este se realizara, transformándose el agua en vino. Jesús se saltó los procesos naturales que concurren en la Tierra para obtener esa transformación.
Cuando los valores y virtudes que Cristo representa hayan penetrado en nosotros por las cuatro puertas elementales, es decir, en nuestra naturaleza ígnea, húmeda, aérea y terrestre, haremos lo que Cristo hizo y más, ya que él quiso aparecer como un hombre entre los hombres y limitó el número de sus milagros, produciendo tan solo aquellos que, por su enseñanza simbólica, debían ser «vistos» y reflexionados.
El atributo del Padre, como sabemos, se llama Voluntad. En el punto evolutivo en que nos encontramos, en el reino de Malkuth, esa voluntad debe saltar de rama en rama por el árbol de nuestra vida, pasar de centro en centro, arrastrándose por los senderos, hasta llegar a ese puerto en el que ha de materializarse. En su recorrido, la voluntad es captada para mil menesteres, porque todas nuestras tendencias internas sienten apetencia por ese manjar que viene de las altas esferas, y así, cuando la voluntad de Kether aterriza en Malkuth, ya no queda de ella más que la carcasa y el pellejo, y ya no mueve nada.
Pero si es Cristo el que pide al Padre en nuestro nombre, o si nosotros se lo pedimos invocando el nombre de Cristo, entonces la voluntad desciende por la vía real, por ese sendero que va directo de Kether a Tiphereth y por el que tan pocas personas transitan actualmente. Y como Tiphereth es el centro de vida que exterioriza los deseos, realizando en nuestra naturaleza las funciones que Piscis realiza en el Zodiaco, tendremos que la voluntad de Kether, expelida por Tiphereth, será formada por Yesod y aparecerá de inmediato en Malkuth, o sea en el mundo de acción. Nuestros deseos se harán entonces realidad.
El camino natural es el que va de Kether a Hochmah, pasa a Binah, a Hesed, etc. El camino crístico es esa llamada vía real que une Kether-Tiphereth-Yesod-Malkuth, cubriéndose todo el ciclo del nombre divino Yod-He-Vav-He de un solo trazo, en lugar de las cuatro fases que constituyen el proceso natural. Hay otra vía real que parte de Hochmah hacia Tiphereth-Yesod-Malkuth, por la que se descarga el amor y por la que los Querubines expiden las circunstancias que llevarán sus destellos de luz al alma.
Pero para que esto suceda, Cristo tiene que ir al Padre y obtener de Él lo que se le pide. O sea, nuestro Cristo interno debe «subir» hasta el Trono de Kether, para llevarse de allí el tesoro de la Voluntad. Dicho de otro modo, nuestro Yo humano, nuestra voluntad funcional, regenerada por la personalidad crística, ha de abandonarse a la voluntad del Ego Superior, nuestra parte divina, de manera que pueda descender al trono de los deseos, arrojar de él al usurpador y, desde allí, emitir decretos que serán efectivos de inmediato, operando en nuestra tierra humana auténticos milagros. Entonces avanzaremos a pasos agigantados y lo que cuesta un año de trabajo al hombre profano, nosotros lo realizaremos en un instante. Como siempre, antes de que el milagro tenga por escenario el mundo exterior, habremos tenido que realizarlo en nuestra propia naturaleza interna.
En el próximo capítulo hablaré de: el amor como herramienta