“Levantando la vista, vio ricos que echaban sus ofrendas en el gazofilacio, y vio también a una viuda pobre que echaba dos ochavos, y dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos los otros, porque los demás echaron para las ofrendas a Dios de lo que les sobraba, mientras que esta echó de su indigencia todo lo que tenía para el sustento“. (Lucas XXI, 1-4. Marcos XII, 41-44).
Si el Reino se pudiera comprar a tanto el metro cuadrado, sin duda alguna que hoy ya sería propiedad de los ricos de la tierra. Pero no siendo algo que podamos obtener mediante dinero, la única forma de adquirirlo es entregando a Dios todo lo que tenemos para el sustento, aquello en lo cual se apoya nuestra vida, con la misma confianza ciega que tiene el niño hacia sus padres.
Si somos capaces de arrojarnos en brazos de la divinidad, de darlo todo como esa viuda que Jesús vio en el templo, Dios nos acogerá con la misma entrega y nos encontraremos ya para siempre al abrigo de la necesidad y del dolor. Si le damos, en cambio, las “sobras”, es decir, algunos ritos, algunas plegarias, después de haber consumido nuestro tiempo profano en las llamadas obligaciones destinadas a sustentarnos, la abundancia divina no se manifestará, puesto que nosotros ya velamos para que esa abundancia no nos falte.
“Hablándole algunos del Templo, que estaba edificado con hermosas piedras y adornado de exvotos, dijo: día vendrá en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que veis, pues todo será demolido”. (Lucas XXI, 5-6). Marcos XIII, 1-2. Mateo XXIV, 1-2).
La vida es un continuo proceso de demolición-reconstrucción y el Templo de la espiritualidad, la Morada interna que un día empezamos a levantar para que el Ego Superior pueda residir en ella, no escapa a esa regla. En el capítulo anterior, al hablar de Jerusalén, ya hicimos alguna reflexión sobre esas destrucciones-reconstrucciones.
El Templo de la espiritualidad debe ser cada vez más amplio, ofrecer al Ego un mayor confort y, después de ser morada individual, ha de convertirse en lugar de reunión para todos los seres de la tierra. Mientras ese templo no sea el de todos, deberá ser destruido una y otra vez.
El primer Templo ha de dar cobijo a nuestra unidad interna; ha de permitirnos ser Uno siempre, en todos los momentos de la jornada del mes y del año, en lugar de ser esa persona múltiple que solemos ser en el estado evolutivo actual, en el que una tendencia combate y destruye lo que otra tendencia había pacientemente levantado. Cuando esa unidad de criterio haya sido establecida por el Ego dominante, nos será preciso proceder aún a la destrucción de ese templo para ayudar a levantar el de la Unidad Total de Todos.
Algunos contemplan con nostalgia las hermosas piedras que contiene la arquitectura del templo, esas piedras que son principalmente las que demoran su demolición. En nuestra vida social, vemos como los edificios singulares son preservados mediante leyes dictadas por Bellas Artes y mientras todas las construcciones de su época han sido arrasadas y se han construido nuevos edificios, el monumento singular sigue allí, testimoniando de un tiempo que ya ha muerto.
Las «hermosas piedras» en el terreno anímico, son los bellos pensamientos, los bellos sentimientos, las bellas realizaciones humanas. En toda vida hay algo de lo que podemos sentirnos orgullosos; algo que nos permite estimamos, sentirnos útiles y sentir que estamos haciendo lo que debemos hacer.
Pero en el curso inexorable de la evolución, estas cosas envejecen o, por lo menos, tendrían que envejecer en nosotros, porque, si constantemente estamos sacando brillo y esplendor a nuestros hechos memorables, se convertirán en reliquias y serán como esos cántaros y vasijas que vemos en los museos, que un día fueron instrumentos útiles y que ahora no son más que el inútil testimonio de algo que formó parte de la existencia hasta que el tiempo lo marginó.
Tenemos que olvidar lo bueno y lo útil que hayamos podido hacer, como debemos olvidar, con mayor rapidez, lo torcido y desafortunado. Porque lo bueno y lo útil, siéndolo relativamente, respecto a una situación o a un momento evolutivo, no puede ser bueno y útil por siempre jamás. Y si no lo olvidamos, se convertirá en esa «hermosa piedra» que impedirá la demolición del edificio, en virtud de su hermosura.
Más difíciles aún de demoler son los “ex-votos» que imprimen su marca en las piedras, es decir, nuestros compromisos, nuestras promesas, nuestros juramentos solemnes, que se erigen como una muralla inexpugnable que no permite la embestida del oleaje de la nueva vida que se estrella una y otra vez contra las defensas de nuestra ciudadela humana, como si se tratara de un enemigo.
Nos comprometemos ante los demás o ante nosotros mismos, y ese compromiso nos ata a un determinado edificio, a una determinada forma de ser. Y cuando esa forma de ser ya no es válida, el compromiso, la promesa y el juramento constituyen una pesada cadena que nos liga a un yo arcaico, que arrastramos como el fantasma arrastra a su alma en pena.
Jesús ya dijo, al comienzo de su enseñanza, que no había que jurar y que basta un sí o un no. Pero son muy pocos los que respetan esa regla. El poder civil considera el juramento como algo sagrado y el perjurio es castigado. En el mundo religioso, vemos que se pronuncian votos perpetuos, infringiendo la regla cristiana. Y así nuestro templo está lleno de piedras que nos recuerdan antiguos votos y nos obligan a un modelo de comportamiento que ya no está impulsado por ninguna fuerza interna, sino que está promovido por un “muerto” insepulto, es decir, por una fuerza que estuvo presente en nosotros en determinada época, pero que ya se fue, ya murió.
De todo el edificio de antaño no ha de quedar piedra sobre piedra, nos dice Jesús y, por consiguiente, cuando la fuerza crística alcanza en nosotros esa hora, cuando está trabajando a niveles materiales y no en el pensamiento o en los sentimientos, debemos poner manos a la obra, y desmontar las piedras de nuestro templo antes de que su desfase, su anacronismo, suscite la aparición del enemigo que nos lo derribe a cañonazos.
En el próximo capítulo hablaré de: la señal