Al día siguiente, las gentes de la multitud que habían comido el pan y los peces en Tiberiades, se pusieron a buscar a Jesús y lo encontraron del otro lado del mar. Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que buscáis, no porque habéis visto un milagro, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado con ellos. Trabajad no por el alimento perecedero, sino por el que subsiste en la vida eterna y que el hijo del hombre os dará. Las gentes le pidieron un nuevo milagro que confirmara su fe en él, puesto que Moisés le había dado a comer el maná del cielo durante los cuarenta años que permanecieron en el desierto. Jesús respondió: En verdad, en verdad os digo que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino mi Padre, ya que el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre ese pan, y Jesús respondió: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá nunca hambre, el que cree en mí no tendrá jamás sed». (Juan VI, 22-35).
En este pasaje, Jesús establece una relación entre el maná que Dios hizo caer en el desierto para alimentar al pueblo elegido y el que da el hijo del hombre y que es un alimento que permite ya no tener más hambre ni sed.
En el Génesis, al hablar del maná divino, vemos que en este relato simbólico se describía el proceso de adquisición, por parte de la humanidad, del cuerpo del pensamiento. Sabemos que en la actualidad el ser humano dispone de tres cuerpos, el físico (con su envoltorio etérico), el de deseos y el mental, y que este último es el de más reciente adquisición, habiéndosele dado a la humanidad «al salir de Egipto«, la tierra de la esclavitud, esa tierra humana en que la persona se ve sometida al imperialismo de sus deseos.
El adquirir el cuerpo del pensamiento, no significaba que el ser humano estuviera de inmediato en condiciones de pensar, y por ello Jehovah dio al pueblo elegido una serie de reglas que le permitirían utilizar la máquina del mundo sin necesidad de pensar en ellas, solo ejecutándolas.
Para poder utilizar el pensamiento, era preciso que el ser humano lo interiorizara en sí mismo, que asimilara el maná y se convirtiera él mismo en una fábrica de elaborar maná, por así decirlo, de manera que ya no dependiera del exterior para alimentarse.
Esta interiorización del pensamiento divino es una creación de la oleada de vida humana, es el resultado de un esfuerzo, es el hijo del hombre, y siendo Jesús el primer hombre que llevó sobre sus espaldas a ese hijo de Dios que era Cristo, bien podía decir: «Yo soy el pan de vida» y anunciar que el que venga a él, esto es, el que haga lo que Jesús hizo, será como él y no dependerá del exterior para alimentar su pensamiento, sino que este surgirá de su naturaleza interna como un manantial, como una fuente de verdad que mana sin parar.
Así pues, nuestro cuerpo del pensamiento pasa por una fase Yod, que es cuando el maná cae en nuestro desierto y son plantadas en nosotros las semillas del pensamiento.
Pasa luego por una fase He, que es cuando en nuestra naturaleza humana, llamada Jesús, arraiga y crece la planta del pensamiento, instalándose en ella la divinidad crística. Y más tarde, en la fase Vav, será cuando demos testimonio de nuestra divinidad en la Tierra, comportándonos, no como hombres, sino como hijos del hombre, habiendo realizado esta obra humana de permitir que descienda en nosotros el hijo de Dios.
Más tarde, en la etapa llamada segundo He, la divinidad de que somos portadores deberá ser sacrificada para que sus semillas puedan ser plantadas en la tierra profana, del mismo modo que la fruta debe ser lacerada para extraer de ella las semillas que permitirán a nuevos árboles crecer.
En el próximo capítulo hablaré de: ver y no creer