“Tomando Jesús la palabra, decía enseñando en el templo: ¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? David mismo, inspirado por el Espíritu Santo, ha dicho: dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. El mismo David lo llama Señor ¿de dónde pues viene que sea hijo suyo?” (Marcos XII, 35-37. Lucas XX, 41-45. Mateo XXII, 41-46).
Antes de terminar su enseñanza pública, Jesús quiso ofrecer a los judíos esta precisión sobre el Mesías que ellos esperaban. El Mesías está por encima de David y no debajo de él. No puede ser el hijo de un guerrero, de un rey victorioso; no puede venir en el fragor del combate.
Y añadió Jesús: “Guardaos de los escribas, gustan de ir vestidos de largas túnicas y buscan los saludos en las plazas y los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los convites, mientras devoran las casas de las viudas y hacen ostentación de largas oraciones. Estos tendrán un juicio más severo”. (Lucas XX, 46-47. Marcos XII, 38-40. Mateo XXIII, 5 a 7).
No era la primera vez que Jesús arremetía contra los escribas y fariseos, y vituperaba la ostentación. Ya hemos dicho, al comentar ese discurso que Lucas recoge en su capítulo XI, lo que debíamos entender sobre la organización de la sociedad farisaica, objeto del capítulo XXIII de Mateo.
Acusa aquí a los escribas de devorar las casas de las viudas, esto es, de introducirse en estas moradas humanas en las que había un propósito que luego abandonó la voluntad, no para ayudar el propósito a realizarse, sino para caer sobre él y destruirlo, sustituyéndolo por un precepto marchito de una Ley que ha prescrito, dejando la pobre viuda sin techo.
La banalidad, el propósito convencional, el lugar común son otros tantos fariseos y escribas que amenazan constantemente con invadir nuestros propósitos creadores en cuanto el desánimo cunde en nosotros y retiramos la voluntad que les permitió nacer.
El escriba nos acecha hasta en los momentos finales de la penetración crística, cuando parece que ya habíamos estabilizado en nosotros el Reino, del mismo modo que parece que nos quedemos sin fuerzas, sin aliento, cuando estamos a punto de coronar una montaña. Guardémonos pues de esos escribas engalanados, pulidos, que lucen bellas túnicas, pero que son sepulcros blanqueados.
En el próximo capítulo hablaré de: las ofrendas