Al engendrar a nuestros hijos o a nuestras obras, deberíamos reflexionar sobre lo expuesto en esos puntos de la Enseñanza. Cada vez que realizamos un gesto, el proceso de la Creación vuelve a arrancar desde su estadio primordial, o sea que, por degradada que sea nuestra condición humana, al iniciar algo, por pequeño que sea este acto de iniciación, ponemos en marcha una dinámica cósmica que nos retrotrae al principio y somos de algún modo ese principio.
Quien inicia, quien pone en marcha cosas, se sacude de encima la rutina y decide utilizar su potencial creador, esa persona, por el solo hecho de hacerlo, se purifica, se virginiza, se regenera, porque se pone en el punto más elevado posible, que es el del comienzo.
Muchos son los que buscan en la doctrina esotérica la razón de sus vidas, porque han perdido el hilo y no saben lo que deben hacer para encontrar de nuevo el sentido de las cosas. A ellos hemos de decirles: comenzad. Comenzad cualquier cosa, lo que tengáis más a mano, lo que dominéis mejor. Comenzad una labor y en ella encontraréis la purificación que vuestra alma necesita y, al mismo tiempo, el sentido de las cosas.
En el momento de engendrar un nuevo ser, le transmitiremos la parte de voluntad activa en nosotros en aquel instante. Y, una de dos, o le daremos a ese hijo el nombre del Padre, tal como nos lo reveló Jesús, o bien le trasmitiremos una voluntad prostituida y degradada. Todo dependerá de si engendramos movidos por la pasión y sin pensar ni tan siquiera que aquel sea un acto generador, buscando la parte de placer inherente a toda Creación y despreciando la creación misma, o bien si realizamos el acto de la generación conscientes de lo que estamos haciendo, con el deseo de participar en la propagación de la obra divina.
Según el estado en que se encuentra nuestra voluntad creadora en el momento de engendrar, los ángeles del destino podrán utilizar el átomo-germen de un Ego Superior avanzado o de uno de bajo nivel experimental. O sea, nuestra actitud en ese momento puede permitir la aparición en el mundo de un ser de gran elevación o dar vida a uno que avanza con el pelotón. Es decir, podemos hacer que la marcha del mundo se acelere, gracias a las huellas que dejará en él nuestro hijo o que se mueva a ritmo normal como uno más sobre la corteza de la tierra.
Los degradados, los prostituidos, los que caminan encorvados con la mirada baja, pueden ser los promotores de ese parto sublime si en el momento de engendrar, o sea, en el momento de situarse en el comienzo de un ciclo creador, son capaces de elevarse a la altura de la sublimidad del momento.
Añadamos sobre este punto, mucho más importante y trascendente de lo que a primera vista pudiera parecer, que el momento de engendrar sin pasión se sitúa al amanecer. Es entonces cuando la voluntad de Kether-Padre se manifiesta plenamente, en toda su pureza, para poner en marcha el motor del universo que se ha parado durante las horas nocturnas. En ese momento de la jornada el miembro de los varones se encuentra en erección y ningún sexólogo se ha explicado el fenómeno. Esto ocurre para que esa voluntad divina pueda transmitirse dando luz a un nuevo ser, sin necesidad de recurrir a la pasión. A esa hora de la jornada las parejas pueden engendrar un cuerpo que será habitado por un gran ser que derramará su luz al mundo.
En el próximo capítulo hablaré de: sacrificarse en la verdad