Jesús les propuso otra parábola, diciendo: «El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que toma uno y lo siembra en su campo; y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a ser árbol y las aves del cielo anidan en sus ramas». (Mateo XIII, 31-32).
A través de esta parábola, Jesús quiere decirnos que el reino de los cielos está destinado a crecer sin cesar, a partir de su más minúscula expresión, del mismo modo que con un grano de mostaza, se puede poblar de esa planta toda la tierra. Ese grano, una vez plantado, germina y se desarrolla sin que nadie se ocupe de él, siempre que las condiciones naturales no sean adversas.
Si ofrecemos al reino de los cielos nuestra tierra humana, si esta tierra tiene las cualidades requeridas de humedad, si le da el sol, si es transitada por los vientos que esparcen las semillas, si las aves del cielo, símbolo de los pensamientos que nacen, anidan en sus ramas, la planta se desarrollará en nosotros y un día ocupará toda la extensión de nuestro campo.
No es preciso esforzarse mucho para ganar el cielo. Basta con que haya en nosotros, en obras bondadosas, la cantidad equivalente a un grano de mostaza.
«Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, dijo aún Jesús, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo. Es también semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra«. (Mateo XIII, 44-46).
En todas estas comparaciones, el reino de los cielos aparece reflejado de muy distintas maneras. Unas veces como una semilla que se planta y parte de la cual se pierde. Otras, como un campo donde la buena y la mala semilla crecen por igual. Otras como un minúsculo grano que se desarrolla hasta el infinito, y, finalmente, como un tesoro valioso, por el que se vende todo cuanto se posee para poderlo adquirir.
Jesús daba de este modo a los que se le acercaban el sentimiento de que el reino de los cielos se presenta al ser humano de muy distinta manera, según el punto en que se encuentra en su itinerario humano. Unas veces se accede a este reino mediante un trabajo. Otras veces se lo encuentra escondido en un campo, o bien cuando está ocupado en la tarea de «buscar perlas».
En estos últimos casos, es cuando la persona está dispuesta a dejarlo todo para seguir a Cristo. En cambio, cuando el reino de los cielos aparece en mitad de un trabajo, como en el caso del que sembró trigo y, de noche, el enemigo sembró en su campo cizaña, es preciso que el dueño del campo vaya hasta el final de su tarea humana. Y cuando ese final llegue, entonces la cizaña se quemará y después de esa quema la persona gozará del alimento depositado en su granero.
Significa esto que no existe un método uniforme aplicable a todos para entrar en el reino, y que cada uno, según su estado evolutivo, debe seguir una determinada línea. No podemos decirle al que está con la cizaña a cuestas: «Deja todo lo que tienes y síguenos«, porque su cizaña debe florecer para que madure igualmente la buena semilla.
En cambio, si nos encontramos al buscador de perlas o al que va por los campos al hallazgo de tesoros, a ese sí podemos decirle: «Aquí está la perla, aquí está el tesoro, déjalo todo y ven con nosotros a vivir la nueva era«.
Jesús comparó aún el reino de los cielos con una red marinera que se arroja al mar y se recogen peces de todas clases, y mientras los buenos van a parar a los canastos destinados al alimento, los malos son arrojados de nuevo al mar. (Mateo XIII, 47).
A esa red vamos a parar todos, vida tras vida; en esa red salvadora hemos brincado todos, una y otra vez, porque el reino de los cielos se encuentra permanentemente movilizado para la pesca. Por todas partes asoman los tejidos de esa red, para que podamos asirlos y ponernos a salvo dentro de ella. Pero, ¿cuántas veces, en el triaje, hemos sido arrojados de nuevo al mar por ser considerados como peces malos? Cristo vino al mundo para que esos peces malos tuvieran derecho a permanecer en la red y para que ningún alma volviese a ser arrojada al mar tempestuoso.
En el próximo capítulo hablaré de: la falta de fe