“Jesús supo que querían interrogarlo y les dijo: os interrogáis los unos a los otros sobre lo que os he dicho: aún un poco de tiempo y no me veréis más, y luego un poco de tiempo y me veréis. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis y el mundo se regocijará; estaréis en la tristeza, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría. La mujer, cuando alumbra, está triste, porque su hora ha venido, pero cuando ha dado a luz al niño, no se acuerda más de los sufrimientos, a causa de la alegría que tiene de que un ser humano haya nacido en el mundo. Vosotros también estáis ahora en la tristeza, pero os volveré a ver y vuestro corazón se regocijará y nadie os arrebatará la alegría. En ese día ya no me interrogaréis sobre nada. En verdad, en verdad os digo que lo que le pidáis al Padre, os lo dará en mi nombre. Pedid y recibiréis, a fin de que vuestra dicha sea perfecta”. (Juan XVI, 19-24).
Jesús compara aquí el nacimiento del otro mundo en nosotros con un parto, en el cual la mujer pasa del extremo sufrimiento a la suprema alegría, porque de ella ha nacido realmente un mundo, ese mundo con Zodiaco incluido que todos llevamos a cuestas.
Desde el principio de su ministerio, Jesús ha dicho y repetido que él expresaba la voluntad del Padre, y que entre el Padre y él no existía ninguna diferencia, sino que había un perfecto unísono.
Cuando enseñó a sus discípulos a rezar, les enseñó a dirigir sus súplicas al Padre, pidiéndole que se hiciera su voluntad tanto en el cielo como en la Tierra.
Sin embargo, en el génesis de la Obra Divina, vemos que Padre e Hijo no siempre anduvieron juntos. En el segundo Día de la Creación Hochmah-Hijo se identificó con el elemento Agua y sabemos que ese elemento entró en combate con el Fuego primordial y amenazó con apagarlo. En nuestras enseñanzas hemos presentado ese aspecto de la Creación como una estrategia y hemos dicho a menudo que Hochmah se hizo Agua para poder conducir ese elemento rebelde a la cooperación. Pero, aún siendo así, la necesidad de ser el enemigo del Padre quedó registrada en la memoria de la naturaleza y convertida en etapa obligada por la que todos tenemos que pasar.
Si la aparición de Cristo significa que la voluntad del Padre y el Amor-Sabiduría del Hijo marchan unidos, antes de que Él apareciera, esas dos fuerzas actuaban por separado. Y esa actuación separada podemos contemplarla aún hoy en la Tierra, cuando un Sol abrasador lo seca todo o cuando una lluvia torrencial lo inunda todo. En esos casos podemos decir que el Padre se ha manifestado sin el Hijo o que el Hijo se ha rebelado contra el Padre.
En la existencia individual, el conflicto Padre-Hijo es bien conocido, sobre todo desde que Freud lo descubriera, y en las mitologías vemos siempre como el Hijo, ayudado por la madre, se levanta contra su padre y lo derroca. Así sucedió con Saturno, que arrebató el trono a su padre Urano, y con Júpiter, que hizo lo mismo con su padre Saturno. Lo mismo que con los dioses, sucedería con los seres humanos, y ahí tenemos la leyenda de Edipo dando muerte a su padre Laios; la de Paris llevando a Troya la guerra en la que su padre perdería el trono y la vida.
Ese es un combate que necesariamente debemos vivir, y los seres humanos lo viven antes de que Cristo nazca y muera en sus naturalezas. En ese período de la vida humana, voluntad y amor son fuerzas disociadas que no solamente actúan independientemente la una de la otra, sino que a menudo se enfrentan, se combaten, y de ahí que el estado de guerra sea el más natural en el ser humano.
Por otra parte, voluntad y amor son fuerzas incipientes en nosotros, poco activas antes de la llegada de Cristo. En efecto, la dinámica de la Creación hizo que Binah-Espíritu Santo fuera la fuerza dominante en el tercer Día. Ya sabemos que Binah es la creadora de las formas materiales tal como hoy las conocemos, y sabemos que para que esas formas pudieran existir, tuvo que reducir el voltaje de la luz, interiorizando en ellas la voluntad-amor de Kether-Hochmah.
Así fue como para nosotros, los humanos, el proceso creativo se ha desarrollado al revés de como transcurrió en el mundo divino, y lo primero que ha madurado en nosotros ha sido la inteligencia práctica de Binah-Espíritu Santo; luego viene la maduración del amor-sabiduría-Hijo y después vendrá la maduración del aspecto voluntad-Padre.
Mientras el mundo de las formas prevalezca, no podremos ver esa fuerza llamada amor en nosotros mismos y tendremos que buscarla en el exterior, en la naturaleza, en los demás. Esto sucede así porque en ese cuarto Día somos, como acabamos de decir, un mundo al revés, y el amor, en lugar de ser una fuerza externa que nos introducimos en nuestro ser para convertirnos en ella, es algo que tenemos dentro y que arrojamos fuera. Así, mientras no se produzca el cambio que Cristo vino a promover, echaremos nuestras anclas al mundo y el amor será una conquista externa. Necesitaremos al otro para experimentarlo, para que nos lo revele y cuando el «otro» se vaya, sentiremos esa tristeza que los discípulos de Jesús sentían cuando su Maestro les anunció que iba a marcharse.
En el próximo capítulo hablaré de: liberar el amor