Toda transformación de las condiciones de vida exige una larga preparación. Nuestro trabajo, el trabajo que Cristo vino a iniciar, consiste en revelar la segunda potencialidad del Ego, esa potencialidad llamada Hochmah y que, formando parte de los atributos de nuestra divinidad interna, aún no se ha estrenado.
Hemos vivido hasta ahora como si toda la fuerza de nuestro Ego residiera en la divinidad llamada Binah y como si las reglas dictadas por esa divinidad fueran eternas. Pero, como hemos dicho, en nuestro Ego hay otros dos poderes que ejercen a escondidas, clandestinamente, podríamos decir, sin que nuestra conciencia los haya descubierto. Esos dos poderes son la llave del fabuloso futuro que nos espera. Son dos poderes que trabajan juntos, el uno siendo portador de los atributos del otro. Para manifestarse en nosotros, estando como estamos inmersos en el reino de Binah, tienen que seguir las reglas del mundo que este Séfira ha organizado, o sea, tienen que nacer en la Tierra humana, desarrollarse, florecer y dar fruto en ella.
Por ello un representante de Hochmah, que en ese Cuarto Día reside en el Sol, vino a nacer en nuestra tierra, arraigando en la persona de nuestro hermano mayor Jesús. Ese acontecimiento constituyó la señal de que la parte del Ego llamada Hochmah ya podía irrumpir en nuestra naturaleza física y transformarla.
El nacimiento interno consiste en una toma de conciencia de esta parte «muerta» de nuestra naturaleza divina. La conciencia la descubre y a medida que «el niño» va creciendo, cambia nuestra forma de sentir y de pensar.
Este nacimiento representa la formación de la semilla. Luego, siguiendo las leyes de Binah, esta semilla tiene que morir en nuestra tierra física para que pueda renacer en ella como una planta natural, o sea como un producto elaborado por la propia Binah, la cual se convierte así en la madre de Dios, de modo que la semilla del «niño» es plantada en la tierra sin necesidad de varón, por obra del Espíritu Santo, porque la tierra santa que hay en nosotros acepta la semilla de Hochmah, puesto que, al venir al mundo, no viola ninguna de las leyes establecidas por Binah.
El hijo del hombre, ese descubrimiento trascendente que un día u otro todos efectuamos, una vez plantado en nuestra tierra humana, se eleva, vuelve a su origen, a Hochmah, pero sigue ligado como por un cordón umbilical a la semilla que ha dejado en la tierra, de modo que la luz de arriba iluminará el mundo de abajo y todos los seres humanos, todo lo que ahora es linaje humano, se ve atraído hacia esa luz.
Así Binah se convierte en la madre de Hochmah, en el cuerpo material que alumbra un nuevo universo, ese universo que, llegado a la plenitud, ha de destruir a Binah, ha de poner fin a su imperio. Esta dinámica la vemos reflejada a menudo en la mitología, cuando se relata la historia de una madre que sueña que el hijo que lleva en sus entrañas destruirá su imperio, lo cual induce a los padres a deshacerse del hijo apenas nace, sin que consigan que ese hijo llegue a morir.
En el próximo capítulo hablaré de: cuesta creer