Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 30

Someternos al César

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Ahora bien, ¿en qué medida, sometiéndonos a la violencia del César, a su injusticia, estaremos generando nueva violencia y nueva injusticia? Suele admitirse, convencionalmente, que la violencia genera violencia y que la injusticia es portadora de una injusticia aún mayor, pero si observamos el desarrollo de las cosas en el esquema del Árbol Cabalístico, vemos que esto no es exactamente así y, sobre todo, no es siempre así.

Lo que sucede en el Mundo de Acción, que es nuestra tierra física, son resultados y no causas. Esos resultados tienen que producir en nuestra alma una evidencia, tienen que ser para nosotros una lección. Así resulta que el soldado que muere en una guerra, no se lleva consigo el odio almacenado hacia el enemigo, de manera que en una próxima encarnación tenga lugar la revancha, sino que al contrario, en la revisión de su vida que tiene lugar después de la muerte, comprenderá el porqué de sus sufrimientos y si esa revisión no puede llevarse a cabo, por haberse evaporado sus recuerdos con la muerte violenta, al volver a la tierra y al recuperar un cuerpo de Deseos, le serán infundidos los ideales de paz.

Pero ocurre también que los acontecimientos que tienen lugar en el mundo físico constituyen una llamada a los pensamientos y sentimientos de la misma naturaleza, alimentándolos y ofreciéndoles una válvula de escape. Con ello, la violencia aumenta, ya que pensamientos y sentimientos que producirían violencia a su término, más tarde, al final de su ciclo de formación interna, se manifiestan ya, pero esa descarga produce también la purificación de los mundos internos y, en este sentido, propicia la futura paz.

¿Qué debemos hacer pues? ¿No ponerles cortapisas a las demandas del César? ¿Someternos a todas sus exigencias de tributo? Ciertamente no, pero la oposición al César no debe ejercerse a niveles materiales sino en nuestras instancias internas. Debemos desvinculamos del César moralmente, intelectualmente y emotivamente y esa desvinculación debe ser silenciosa, invisible, puesto que las palabras que expresan el pensamiento son su vehículo material y corresponden a la fase de materialización. No es pues con la protesta activa que debemos manifestar nuestra oposición al orden profano, sino cultivando la paz y el orden divino en nuestra naturaleza interna.

Si lo hacemos así, cuando la antigua violencia interna haya sido absorbida por el mundo material, ya no viviremos situaciones violentas y el César dejará de mandarnos sus papeles con el sello que le pone a todas sus cosas. Y esta paz que nos habita la comunicaremos al mundo a la hora de su materialización y caerá sobre la sociedad como un bálsamo. Poco a poco, la situación de paz hará inútiles y hasta ridículas las disposiciones bélicas.

Conseguir que el César no nos reclame tributo alguno, he ahí el objetivo. Y cuando el César abre cauces para los no violentos, es evidente que conviene aprovecharlos. Si hay una ley para los objetores de conciencia, debemos acogernos a ella, con condición, claro está, de que ese adiós a las armas se deba realmente a un dictamen emitido por nuestra conciencia y de que no participemos en violencia alguna; es decir, que nuestra objeción sea real y no un pretexto para zafarnos de una obligación molesta. 

Existe otro aspecto de la cuestión del tributo al César y es el referente a la moneda misma que le presentaron a Jesús. En el capítulo anterior, hablando de la expulsión de los mercaderes del templo, ya vimos que en el mundo sagrado para el que nos estamos preparando, la moneda dejará de circular. Pero hoy por hoy la moneda es necesaria y no debemos rechazarla, no podemos hacerlo totalmente.

En este punto de la Enseñanza, Cristo está actuando ya a niveles materiales, en nuestra tierra física, y necesita alimento material, como dijimos en el anteriormente al tratar de la cuestión de la higuera. Ese alimento material es la obra física, es esfuerzo material, que debe ser compensado mediante una aportación material.

Sin embargo, como ya queda dicho, es preciso que reduzcamos en nuestra vida cada vez más el espacio comercial. En primer lugar, conviene renunciar a ponerle precio a nuestros sentimientos. Intercambiar amor contra dinero es algo muy alejado de ese Reino en el que nos proponemos entrar. Más reprochable aún si no es amor, sino la ficción de un amor, porque en este caso, al despropósito se une la estafa. Nuestros sentimientos solo pueden ser intercambiados por otros sentimientos y no por los favores del César.

En segundo lugar, trataremos de no poner precio a nuestros pensamientos, a nuestro saber mundano, a nuestra ciencia. Los intelectuales dicen que de algo tienen que vivir y que deben sacarle rendimiento a sus títulos. Pero lo cierto es que Dios ha dispuesto las cosas de tal forma que quien da su saber sin pedir las monedas del César, recibe el sustento y aun la riqueza como sucediera con Salomón. No está lejos de nosotros la estampa del médico rural a quien sus clientes le llevan huevos, pollos, frutos, rodeándolo de abundancia. Más lejanos están esos mecenas que mantenían en su corte a artistas y científicos, y que volverán cuando esos artistas y científicos sean desprendidos y útiles a la comunidad, puesto que en nuestros días el sabio investigador es casi sinónimo de peligro mortal.

Insistamos una vez más en que el primero de los tráficos que debemos suprimir es el de todo lo relacionado con la espiritualidad, la cual no debería ser objeto de comercio, porque viene de un mundo en el que César no impera. 

Cuando hayamos suprimido todo tráfico, dejando de intercambiar conocimientos y aptitudes intelectuales o sentimientos contra moneda del César, nos quedará aún el trabajo material, el agrícola, el industrial, por el que podemos aceptar dinero, si lo estamos realizando. Pero nuestra filosofía ha de procurar que se intercambien los bienes en todos los mundos, de manera que el imperio de César sea cada día más restringido. Paguemos pues al César el tributo que nos pide y comportémonos de forma que un día ya no nos pida nada. 

Por último, no olvidemos que el César tiene el siniestro privilegio de poder liquidarnos, y es precisamente por ello que los fariseos tentaron a Jesús. El César está en nosotros, es el que rige el mundo profano, y mientras nuestra obra no se ha realizado aún, como ocurría con Jesús en la hora que estaba viviendo, debemos darle lo que le pertenece.

Se trata, claro está, de la obra interna de redimensión de nuestra personalidad. Mientras nos encontramos en plena elaboración de ese otro-yo que ha de llevarnos al Reino, debemos contemporizar con las exigencias del César interno y pagar tributo a lo profano. No convienen las actitudes heroicas y radicales, la intransigencia, susceptible de conducir la personalidad sagrada a la cárcel o a la muerte, privándola de su desarrollo. 

No provoquemos pues al César con nuestra actitud, porque la manifestación externa de este caudillo constituye la prueba de que lo hemos estado elaborando en el interior, de que es una criatura propia que se ha formando en nuestro seno y que debemos alimentar como la madre alimenta al bebé nacido en sus entrañas.

En el próximo capítulo hablaré de: los saduceos

Kabaleb
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