Toda nuestra organización interna va lanzada hacia el César, trabaja para él, puesto que necesitamos del mundo exterior para experimentar lo que pensamos, lo que sentimos. Es natural pues que el César llegue a ser un personaje poderosísimo y acabe creyéndose él mismo que es único y que puede prescindir de todos lo demás.
Pero cuando es nuestro Yo eterno y trascendente el que dice «Nuestro rey es el César; no tenemos más rey que el César», es señal de que algo va muy mal en nuestro fuero interno. Es señal de que el César ha conseguido doblegar el Ego Superior, elaborando de él una copia perversa para que lo aclame. Entonces es urgente que Hochmah derrame sobre ese mundo sus esencias purificadoras para transmutarlo. Por ello Jesús es librado a los judíos, cuanto estos dicen: “El César es nuestro único rey”.
Esto sucedía alrededor de la hora sexta, a partir de la salida del Sol, que es cuando empiezan a contarse las horas en Tiempo Sagrado. En la hora sexta, o sea hacia el Mediodía, es cuando Hochmah comienza su ciclo de regencias. En efecto, de la salida del Sol al Mediodía, rige Kether y los signos de Fuego; del Mediodía a la puesta del Sol rige Hochmah y los signos de Agua; de la puesta del Sol a Medianoche, rige Binah y los signos de Aire. Es pues de la hora sexta a la nona cuando Hochmah derrama su sangre sobre las esferas inferiores, y así lo hace igualmente Tiphereth-Sol, convertido en instrumento de Hochmah. En nuestra Tierra física podemos ver ese fenómeno todos los días, cuando el Sol crece en fuerza hasta situarse en el cenit, al mediodía y a partir de entonces va derramando sus rayos y perdiendo su sangre hasta la puesta del Sol, momento en que podemos decir que muere.
Del mediodía al véspero tiene lugar todos los días el fenómeno de regeneración y es en esas horas cuando nuestros sentimientos pueden ser transmutados, si nos acompasamos con el cosmos y sacamos de nuestros Hochmah-Tiphereth internos la sangre transmutadora que ha de cambiarnos. Entonces el bandido saldrá de la prisión de nuestra psique y ya no perturbará nuestras noches con sus fechorías.
El capítulo diecinueve del Evangelio de Juan describe la penetración de la fuerza crística en la estancia Qof. Una vez disuelto lo establecido en nuestro período de aprendizaje, una tarea que, como vimos, se efectúa en la estancia número 18. Una vez que hemos salido de la sinagoga mundana, habiendo aprendido en ella todo lo que podía enseñarnos y ya con la mirada hacia a lo alto, habiendo sido instruidos por el Abogado respecto al funcionamiento del universo, estamos en condiciones de transformarlo, de proyectar nuestros rayos en la tierra como lo hace el Sol, para crear en ella una nueva vida.
Si observamos la posición del Qof en la tabla de letras del código hebraico, vemos que ocupa la primera posición de la tercera columna horizontal. Esta tercera columna se encuentra bajo el mandato de Binah, de modo que es la columna del Sacrificio.
Si contemplamos las letras en su sentido vertical, vemos que el Qof ocupa la primera columna, por debajo del Aleph y el Yod, o sea, siendo el Aleph la luz primordial, el sacrificio de que hablábamos será el de la luz.
Aplicando al Qof el nombre divino Yod-He-Vav-He, diremos que el Aleph representa la semilla de la luz; el Yod la interiorización de esa luz, que permite dar forma al pensamiento y el Qof la exteriorización de la luz interiorizada, o sea, la muerte de la luz, por cuanto la luz vivía en nuestro interior de la estancia Yod -que es aquí el He del Aleph- y ahora, en el Qof, la estamos sacando fuera.
Pero si algo no puede morir en el universo, es la luz, porque el Aleph la genera sin cesar, de modo que esta muerte solo es aparente, como lo es la del Sol, que vemos desaparecer todos los días en el horizonte, pero a la mañana siguiente reaparece con la misma luz.
En el próximo capítulo hablaré de: la luz no se agota