Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 16

Liberarse de las tradiciones pesadas

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En la mitad de la fiesta, Jesús subió al templo para enseñar. Los judíos se asombraban, diciendo: ¿Cómo conoce las escrituras, él que no ha estudiado jamás? Jesús les contestó: mi doctrina no viene de mí, sino del que me ha enviado. Si alguien quiere hacer su voluntad conocerá si mi doctrina es de Dios o si yo hablo en mi nombre. El que habla en su nombre busca su propia gloria, pero cuando yo proclamo las verdades del Padre, solo busco la gloria del que me ha enviado. Antes de entrar en la nueva luz, ¿no deberíais acaso seguir la luz de la que ya disponéis? Moisés os dio la ley y sin embargo, ¿cuántos de vosotros llenan sus exigencias? En esta ley, Moisés dice: no matarás y a pesar de este mandato, algunos de vosotros trata de matar al Hijo del Hombre. Oyendo estas palabras, la multitud se puso a discutir y algunos decían que estaba poseído por el demonio. Al final le preguntaron: ¿Quién trata de darte muerte? Y Jesús respondió: vuestros dirigentes tratan de matarme porque mi enseñanza sobre el Reino los irrita, porque mi evangelio libera a los hombres de las pesadas tradiciones de la religión y de las ceremonias convencionales que los educadores quieren mantener a cualquier precio. Quieren matarme porque saben bien que si vosotros creéis honestamente en mi enseñanza, su sistema de religión tradicional será derrocado y destruido. Se verán entonces privados de la autoridad sobre el objeto al cual han consagrado toda su vida, hecho que les impide precisamente aceptar y reconocer el nuevo y más glorioso evangelio del Reino de Dios. Y ahora apelo a cada uno de vosotros y os digo; no juzguéis según las apariencias exteriores, sino según el verdadero espíritu de mis enseñanzas: juzgad con rectitud«. (Juan VII, 14-24).

¿Cuánta gente, en el momento actual, está inmersa en un proceso de crecimiento personal y al mismo tiempo se dedica a juzgar sin control? ¿Seguimos, de forma continua, la luz que disponemos? Definitivamente no.

En este discurso trata Jesús de un punto muy importante que debemos tener en cuenta nosotros que vivimos en una sociedad organizada sobre la especialización y la autoridad que de esa especialización se deriva. 

Las autoridades de la religión hebraica querían dar muerte a la luz del mundo porque habían consagrado toda su vida al estudio de algo que quedaba sin objeto, si el pueblo, sostenedor de su autoridad, se decantaba por otra doctrina. 

Mientras fueran los mantenedores de reglas que tuvieron su validez, pero que ya no la tienen; mientras fueran los promulgadores de reglas, gozarían del prestigio, de la estima y el respeto de sus conciudadanos, y por ello mismo estaban obligados a defender una verdad, no porque lo fuera, sino porque en ella se basaba su posición social.

Para comprender la necesidad de ir más allá, de dejar atrás lo que ya sabemos, lo que ya ha sido interiorizado, es preciso comprender que el objetivo primordial de la vida es vivir experiencias, es lo que nos permite evolucionar. Si repetimos la misma secuencia una y otra vez, no avanzamos.

Lo mismo sucedería después con la iglesia llamada cristiana, en la que tantas veces hemos visto cómo los fieles eran apartados de toda búsqueda individual de la divinidad, diciéndoles que «doctores tenía la iglesia» para enseñarles lo que debían o no creer sobre las cosas del cielo. 

Esa fe, que en la enseñanza de Cristo es un asunto individual entre el Padre y cada uno de los seres humanos, en la enseñanza de las iglesias llamadas cristianas no lo es, sino que, según ellas, la fe pasa por los cauces de las instituciones, en las que ciertas autoridades, que han estudiado la «carrera» eclesiástica, se auto proclaman «ministros«, «purpurados» «cardenales» o «papas«, y la administran. 

Esta organización no solamente no es cristiana, siendo una mera copia de la antigua religión judía, sino que aparta el alma de la búsqueda de la verdad, como si esa verdad fuera algo que pudiese ser suministrado desde el exterior, arrinconando al creyente a la práctica de unos ritos, que en un tiempo tuvieron su validez, pero que deben morir cuando Cristo se instala en nuestra carne. 

Entonces vemos que las autoridades de ese mundo desueto quieren dar muerte a la luz del mundo para no perder ellos sus privilegios.

Los rituales, para ser útiles, necesitan ser comprendidos, asimilados y llevados a la práctica. Por ejemplo, cuando la iglesia convida a un parroquiano a hacer una novena, debería explicarle que nueve son los centros de El Árbol de la Vida, de Kether a Yesod. Y que ese recorrido le lleva, simbólicamente, a completar un viaje por todo su ser. Entonces la novena cobra sentido. Después de realizarla la persona debe sentirse diferente y actuar en consecuencia. De lo contrario, se pasará la vida haciendo novenas sin mover una ceja, sin cambiar una coma de su guión.

Y esto que ocurre en el mundo religioso, sucede aún más en la vida civil. Así vemos cómo la ciencia va levantando escuelas que siguen el pensamiento de un sabio determinado, las cuales se convierten en los enemigos mortales de los pensadores independientes que van más allá de la ciencia establecida por el sabio que ha fundado dicha escuela. 

A lo largo de toda la historia hemos visto cómo un descubrimiento científico ha sido combatido encarnizadamente por las «autoridades» sobre las que se aguanta el edificio de la ciencia y solo la evidencia ha acabado por rendirles, evidencia que a veces se produce cien años después de haberse realizado el descubrimiento.

Diremos pues que autoridad, en el dominio de la religión, de las ciencias, de las técnicas o en cualquier campo que se exprese, es sinónimo de enemigo de la luz. 

No sin embargo desde el principio. Es decir, en el periodo de formación de esa «autoridad«, el aprendizaje es valedero. Por ello Jesús les decía a los judíos: «antes de entrar en la nueva luz, seguid la luz de la cual ya disponéis«, la luz de las Escrituras, la de Moisés. Mientras esta luz no se ha agotado, seguid los preceptos, seguid el ritual, seguid las enseñanzas de las escuelas de los sabios. Pero, ¡ay de vosotros si no sabéis reconocer el final de ese camino! ¡Ay de vosotros si la enseñanza recibida se convierte en precepto o dogma! Ya que entonces os convertiréis en un enemigo de la luz y constituiréis una amenaza para la luz del mundo.

¿Cómo reconocer si estamos o no al final de esa luz que aporta la ley? No es demasiado difícil percatarse de ello. Solo hay que ver si cumplimos con los preceptos de la ley. Si seguimos matando cuando la ley dice «no matarás«, es evidente que aún nos queda camino por recorrer, que aún estamos en el antiguo mundo y no podemos pretender entrar en la nueva ley.

Bueno es entrar a formar parte de una escuela. Malo resulta permanecer en ella cuando su ciclo de enseñanza se ha agotado y sus postulados se han convertido en sistema. Cuando sientas que un pensamiento, una experiencia llega a su fin, pasa página.

En el próximo capítulo hablaré de: ¿han reconocido al Mesías?

Kabaleb
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