Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 2

La elección de los Apóstoles

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Tras los ayunos y las pruebas, Cristo inició su ministerio buscando los que iban a ser sus doce apóstoles. En el libro de la Creación, vemos como el Dios de nuestro sistema solar se encerró en un espacio limitado por el Zodiaco, para realizar en él su obra. Vemos también que todo trabajo humano, si aspira a permanecer en los límites de lo establecido, debe realizarse dentro de un marco previamente trazado. 

Así procedió Jesucristo al comienzo de su mandato. Si doce son los signos del Zodiaco, doce debían ser los hombres que representaran esas fuerzas primordiales. Todo lo que el cristianismo pudiera ser en el futuro dependería de la capacidad de esos hombres. Ellos eran los límites que tendría la obra de Cristo, y de sus capacidades podemos juzgar hoy, cuando dos mil años después el cristianismo se ha extendido por toda la faz de la tierra y ha establecido un código moral que renace de forma constante y sobrevive a todas las modas y a todas las perversiones, es decir, a todo aquello que es contrario a las leyes cósmicas. 

Nos cuenta la crónica de Marcos que Los primeros discípulos fueron Andrés y Simón, llamado Pedro. Nos dice la crónica sagrada que ambos eran hermanos, indicando con ello su filiación zodiacal. Veremos a continuación como Jesús siguió el orden del Árbol de la Vida para escoger a sus discípulos. Empezó por Binah, el centro número 3, ya que se encontraba en un mundo regido por Jehovah. Veamos las correspondencias:

Andrés representaba el signo de Acuario y Pedro el de Capricornio, dos signos hermanos regidos por Saturno. Las personas que han estudiado la personalidad de los apóstoles en la memoria de la naturaleza dicen de Andrés que era el hombre que mejor juzgaba las cosas, que tenia una visión clara y un pensamiento lógico, cualidades todas ellas típicamente acuarianas. 

Simón Pedro representaba Capricornio y ya sabemos que él fue la piedra sobre la cual Cristo estableció su Iglesia. Pedro es el soporte material de la obra crística, en él la espiritualidad se expresa en su más bajo nivel, pero él es el zócalo que aguanta todo el edificio y sin esta aportación externa, no sería posible el progreso de los fieles hacia la cima del Templo. 

Pedro es la puerta de entrada del cristianismo exotérico y todos los que estamos trabajando en él a niveles elevados, hemos penetrado algún día por la puerta de Pedro. Pedro es nuestro primer peldaño en el sendero.

Los dos discípulos siguientes también eran hermanos, nos dice la crónica santa. Santiago y Juan, hijos se Zebedeo, representaban los signos también hermanos de Sagitario y Piscis, del centro 4 del Árbol, Hesed, ambos regidos por Júpiter. Santiago era vehemente y exaltado, como lo son los nativos de Sagitario. Juan en cambio, era silencioso y poco comunicativo, como suelen ser los Piscis. Él escribiría el Evangelio que lleva su nombre y el Apocalipsis y sería llamado el discípulo predilecto del Señor.

Con estos primeros cuatro discípulos, Cristo tenía una representación de los cuatro elementos, indispensables para llevar a término toda obra. Santiago era el Fuego, Juan el Agua,  Andrés el Aire y Pedro la Tierra.

Los siguientes discípulos fueron Felipe y Bartolomé. Ambos eran amigos y fue Felipe quien trajo a Bartolomé. Felipe era el intendente del grupo, el que cuidaba de que nada faltase; era un hombre que solo creía si veía y en ello vemos los trazos del signo de Tauro. Bartolomé representa el otro signo venusiano del Zodiaco, el de Libra.

Mateo vino después, elegido por Andrés. Mateo fue un propagandista muy eficaz y su presencia entre los doce hizo que las puertas del reino quedaran bien abiertas para una multitud de almas desanimadas y desheredadas, que se consideraban como excluidas de la consolación religiosa. En esos trazos descubrimos las características de Géminis, representadas por Mateo. Tomás fue elegido por Felipe y representa el signo de Virgo. Su gran fuerza era su pensamiento analítico, propio de este signo.

Santiago y Judas Alfeo, gemelos, fueron el noveno y décimo, elegidos por los hermanos Santiago y Juan. Acerca de su personalidad, se dice que comprendían poco las discusiones filosóficas y los debates teológicos y es que Santiago y Judas Alfeo eran los representantes de Gueburah, o sea de los signos de Aries y Escorpio. Marte-Gueburah entiende poco de filosofía y de teología, va a lo práctico y en una obra espiritual su cooperación viene a su tiempo, cuando es preciso rectificar las conductas de los que laboran en ella. 

Dice la crónica sagrada que los dos gemelos jamás abrieron la boca para preguntar algo al Maestro; estaban allí porque su presencia era necesaria con el fin de asegurar ese espacio cerrado que necesita toda obra. Sin embargo, nos dice también la crónica, no fue inútil su inclusión entre los discípulos, porque llevaron a la obra de Cristo a muchos que eran como ellos y que no hubiesen entrado en la doctrina del Reino, si los gemelos no hubiesen estado ahí. Ellos no entendían la sublime doctrina del Maestro, del mismo modo que la guerra, auspiciada por Marte, no entiende de paz, pero sentían una adoración personal hacia Jesús y la transmitían a sus semejantes.

El decimoprimero discípulo fue Simón el Zelote, elegido por Pedro y, nos dice la crónica, fue el encargado de organizar las distracciones y actividades recreativas de los doce, en lo cual vemos una de las funciones características del signo Leo, el gran organizador del zodiaco. La fuerza de Simón, era su fidelidad contagiosa y cuando los apóstoles encontraban a alguien que se debatía en la indecisión respecto a su entrada en el Reino, enviaban a buscar a Simón y este abogado entusiasta no necesitaba más de un cuarto de hora para calmar todas las dudas y hacer desaparecer la indecisión. En todo ello aparecen patentes las virtudes de Leo.

El último de los discípulos seria Judas Iscariote, elegido por Bartolomé. Judas no poseía ningún trazo peculiar que marcara su línea de fe, aunque tenía aparentemente numerosos trazos de cultura y de buena educación. Era un gran pensador, pero no siempre coherente con su línea de pensamiento y estaba dotado de una gran imaginación. En esos trazos vemos las características de Cáncer, signo lunar, puesto que Yesod‑Luna, es el centro sefirótico que se encarga de transmitir las pulsiones procedentes de la derecha y de la izquierda, de suerte que su manifestación no sigue una línea regular, y se deja llevar a menudo por su imaginación, puesto que contiene rasgos peculiares de los demás centros, de los que se desprende a medida que va pasando el tiempo, manifestándose así ora de una forma ora de otra. 

Judas fue nombrado tesorero por los apóstoles y siempre realizó de forma honesta sus funciones hasta la traición final. Ese trabajo corresponde a las funciones de Yesod, en cuyo centro, como acabamos de decir, todos los demás depositan su «tesoro» de energías para que Yesod las distribuya en el mundo material.

Yesod actúa al final de todo proceso creador, y así vemos que Judas tendría un papel estelar al final de la obra: el del traidor. Para que la espiritualidad de los mundos de arriba pueda llegar a los mundos de abajo, se necesita un traidor que abra la puerta del cielo, por así decirlo, produciendo el derrame de las esencias. Yesod es ese traidor celeste que todos los meses, en el momento de la Nueva Luna, se alza en los cielos para traernos un poco de su luz a la tierra, una luz que es la sangre espiritual que necesitamos para que nuestros cuerpos superiores puedan vivir.

Sin la traición de Judas, no se realizaría la obra redentora. Pero dejemos ese punto, que representa una de las claves para entender la obra, para tratarlo con la amplitud que merece cuando alcancemos el momento culminante del relato evangélico.

Los doce constituían pues el espacio cerrado en el que Cristo iba a realizar su obra. En los caracteres de los doce apóstoles se encuentran las virtudes y los defectos que deben inevitablemente acompañar toda realización humana, y la de Cristo lo era, puesto que al encarnar en Jesús renunció a todos sus privilegios divinos para no ser más que un hombre. 

La lección a sacar de la descripción de los preparativos de la Obra es que, en cualquiera de nuestras empresas, tanto las espirituales como las profanas, debemos ante todo definir el espacio en el que esa obra va a realizarse. 

Los antiguos fundadores de ciudades, lo primero que hacían al edificar su ciudad, era levantar las murallas que la protegerían. Los historiadores, cuando hablan de esas edificaciones, creen que esos muros servían únicamente de defensa contra los invasores, pero la verdad es que la protección que ofrece la muralla que cerca la ciudad es mucho más amplia. 

Al levantar una fortificación alrededor de tu obra, ello significa que las cosas se están haciendo de acuerdo con las reglas divinas, y entonces aparecen todo un equipo de entidades espirituales que se ponen al servicio de la Obra. Esas entidades aparecen siempre cuando algo en la tierra funciona según las reglas, pero no aparecen ahí donde se actúa en contra o fuera de ellas. Cada ciudad antigua tenía sus dioses tutelares que protegían a sus habitantes.

Cuando los muros de las ciudades cayeron, las entidades espirituales se marcharon, abandonando a las personas a su suerte. Ese espacio físico destinado a albergar nuestra obra ha de ser el reflejo del espacio espiritual representado por quienes han de elaborarla. 

Ello significa que en nuestro equipo debe encontrarse el Pedro gracias al cual la obra podrá adquirir firmeza; el Andrés que aporte una visión clara y un pensamiento lógico; el Santiago vehemente y fogoso, «hijo del trueno«, como lo llamaba Jesús, capaz de tener una visión de conjunto y de ver todos los aspectos de un problema; el Juan abnegado y generoso; el Felipe metódico que cree solo lo que ven sus ojos; el Bartolomé que cuida de la unidad del grupo; el Mateo propagandista y difusor de la obra; el Tomás incrédulo cuyo pensamiento solo se inclina ante la lógica; los Santiago y Judas Alfeo cuya mentalidad no es elevada, incapaces de comprender la obra, pero fieles hasta el final; el Simón persuasivo y convincente, y el Judas que ha de «vender» la obra al mundo material.

Estas 12 realidades, con lo positivo y lo negativo que comportan, deben figurar en nuestro programa humano; en el equipo que formemos deben encontrarse los incrédulos, los que no confían en el proyecto hasta que lo ven realizado, los indiferentes y el traidor, porque, estando dentro, ya no los encontraremos fuera. Muchas empresas fracasan porque no tienen en su organización interna al incrédulo o al desconfiado que podría señalarles los fallos antes de que estos llegaran al exterior y sea el público quien los señale, rechazando aquello que ha sido elaborado sin crítica interna alguna. 

El modelo cósmico para un buen gobierno, es el constituido por doce ministros, doce directores, doce ejecutivos, a las órdenes de un decimotercero que los potencie y los guíe.

Esos doce apóstoles o esas doce fuerzas están dentro de cada ser humano, todos las tenemos en potencia, pero no solemos desarrollarlas todas y generalmente nos inclinamos hacia unas u otras. Lo ideal sería que empezáramos a despertarlas y a usarlas en nuestros proyectos diarios. Usemos el entusiasmo de nuestra parte de Fuego. La pasión y la emoción de nuestra parte de Agua. La lógica y la razón de nuestra parte de Aire. Y el sentido común y organizativo de nuestra parte de Tierra.

En el próximo capítulo hablamos de: esperando prodigios

Kabaleb
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