«¿Qué os parece?, pregunta Jesús a sus apóstoles, si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve y se irá en busca de la extraviada? Y si logra hallarla, ¿no es cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado? De igual modo la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos es que no se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos. En vuestra religión, añade Jesús, Dios puede recibir a los pecadores arrepentidos; en el evangelio del Reino, el Padre acude en su búsqueda antes incluso de que hayan pensado en arrepentirse”. (Mateo XVIII, 12-14).
Hemos repetido muchas veces que estamos viviendo la vida al revés, los valores están invertidos. Así, vemos como en una familia, si un hijo va por el mal camino, los padres procurarán prestarle más atención que a los que siguen un rumbo normal. Pero es corriente ver cómo se generan celos entre los hermanos, porque no comprenden este proceso y piensan que ellos deberían recibir la misma atención. Quizá habría que recordarles que no hay nada más injusto que tratar a todo el mundo por igual.
Ya dijo Jesús en su Sermón de la Montaña que anchos eran los caminos que conducían al mundo de perdición. Aquí nos revela que existe en el mundo de arriba un servicio de búsqueda para reconducir a los extraviados y que, cuando una oveja perdida es hallada, no se la recibe con reproches y castigos, sino con alegría.
Es lógico que esto ocurra así, ya que el objetivo principal del ser humano es realizar experiencias. Que estas sean “buenas” o “malas” dependerá de cada persona, pero en todo caso no será juzgado por nuestro jefe interno por experimentar.
Decíamos, al hablar del mundo de perdición, que el creador de nuestro universo generó a toda una oleada de vida para que explorara un espacio sideral que aún se encontraba vacío. En nuestra sociedad, cuando enviamos un explorador a una cueva subterránea o a un fondo marino o a cualquier lugar peligroso, lo dotamos de todos los dispositivos de seguridad de que disponemos para preservar su vida y el buen resultado de su misión.
Con esto no hacemos más que inspirarnos en la organización del mundo de arriba, en el cual existen aparatos de control mucho más eficaces que los nuestros. Cuando un buzo que explora el fondo del mar quiere que sus compañeros de arriba lo suban, tira de la cuerda y, a su señal, los que están en el barco lo izan. Lo mismo ocurre con el que explora un abismo. O simplemente pide ayuda a través de la oración.
En la religión de Jehovah, también es preciso tirar de la cuerda para que el equipo de arriba inicie la maniobra de recuperación del que explora el abismo. Es decir, es preciso que el caído manifieste su voluntad de retorno a la superficie, de cambiar de dirección.
En el Reino del Padre no se aguarda a que la caída se produzca: el Padre acude a buscar a los suyos. Pero, ¿puede haber extraviados en el Reino del Padre? Cuando se vive plenamente en él, es evidente que no: la luz viva de ese Reino impide todo extravío. Pero el alma humana es compleja y raras veces el tránsito de un mundo a otro se efectúa de una forma integral y definitiva.
Cuando oímos la llamada del Reino, una parte de nosotros va hacia él, pero nos dejamos siempre equipaje en el viejo mundo, por si van mal las cosas del otro lado. En el momento del tránsito, nos parece que atar las cosas aquí y allí sería lo ideal (aquello de nadar y guardar la ropa), y entonces ocurre que, teniendo ya un pie en el otro Reino, seguimos aún bajando al abismo para cobrar los intereses que en él hemos dejado. Es entonces cuando, si tardamos mucho en volver, aún sin tirar de la cuerda, los servicios de arriba vienen a rescatamos (siempre que estemos transitando hacia el reino del Padre).
El ideal sería, pues, ir soltando lo que tenemos aquí, lo que llamamos desprendimiento, para que cada vez tengamos menos lastre que nos empuje hacia abajo. Podemos empezar por soltar los malos sentimientos, las rabias, los odios y las deudas emocionales que nos llevan a estar atados a la persona con la que mantenemos el conflictivo.
Ya vimos anteriormente que en el Reino del Padre todo funciona al revés, y que allí toda la organización está a nuestro servicio, mientras que aquí somos nosotros los sometidos a la organización cósmica.
En el próximo capítulo hablaré de: la búsqueda de la oveja