“Los soldados, una vez que hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida toda desde arriba. Dijéronse pues unos a otros: No la rasguemos sino echemos suertes sobre ella para ver a quien toca, a fin de que se cumpliera la escritura: Dividiéronse mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes. Es lo que hicieron los soldados”. (Juan XIX, 23-24).
Era una costumbre, en aquella época, que los soldados se repartieran entre ellos los vestidos de los ajusticiados. No buscaban con este gesto el valor mercantil que la prenda pudiera tener, sino su valor simbólico como amuleto. Ese reparto de vestimentas era una reminiscencia derivada del canibalismo, puesto que los antiguos salvajes devoraban a sus enemigos para incorporar en ellos sus virtudes. Durante toda la Edad Media los hombres buscarían con afán las cuerdas de los ahorcados, creyendo que eran portadoras de suerte.
El vestido simboliza la personalidad exterior, nos revela el trance por el que está pasando su alma. La túnica de Jesús era de una sola pieza porque él no estaba formado de personalidades múltiples y contradictorias, como sucede con los demás seres humanos. En él todo era unitario; su voluntad era la del Padre y no había diferencia entre su yo interno y el externo. Por ello su túnica, a la imagen de su alma, era de una sola pieza y tejida desde arriba.
Los soldados no quisieron dividirla: no podían hacerlo, porque lo que Cristo representa no se puede fragmentar. En estas enseñanzas hemos visto como la sabiduría crística va penetrando por las distintas estancias de la naturaleza humana, fecundando las tierras a su paso y produciendo en ellas una nueva floración. Los campos estériles empiezan a germinar y las tendencias humanas que permanecían entumecidas se movilizan para pasar a la acción.
Podemos comparar este despliegue de Cristo por la naturaleza humana con el curso de un río por la geografía de la Tierra. Un río que nace en lo alto de las montañas nevadas, se precipita furioso y salvaje por las peñas, para luego seguir su camino apacible hacia el mar, aportando la fecundidad a todo lo que toca. Primero sus aguas son alimento para el ser humano; después, cuando el hombre ha aprendido a utilizar su fuerza, pueden convertirse en luz o en fuerza motriz. Si el hombre no las utiliza perversamente, devolviéndolas polucionadas a su lecho, ellas irán dando vida a todo lo que germina a su alrededor y todo podrá desarrollarse según su posibilidad interna. El que por su familia puede ser pino o roble, lo será; el que solo puede ser césped, lo será igualmente.
Cuando por fin el río llega al mar, si pudiera volver la vista hacia atrás, contemplaría todo lo que ha sido y es gracias a él, desde que salió de la montaña, y diría: yo soy el bosque, la pradera fecunda, el jardín florecido, la luz de la ciudad, el tejido que el telar ha unido al impulso de mis aguas. Todo aquello forma una realidad inseparable, una túnica sin costuras, de manera que si supiéramos penetrar en el alma del río en su estadio final seríamos de golpe todo lo que el río ha creado a su paso.
Vemos pues aquí a los soldados echando a suertes la túnica. La suerte es siempre una manifestación de la divinidad y ya sabemos que la divinidad es omnipresente en nuestro mundo y se manifiesta allí donde puede manifestarse; allí donde encuentra un hueco propicio a su expresión. La crónica sagrada no nos dice nada del soldado que ganó la túnica sin costura, pero el espíritu ha inspirado a los hombres novelas, relatos y hasta películas sobre este tema. En ellos vemos como la túnica transformó la vida de aquel soldado, convirtiéndolo en uno de los más ardientes propagadores del Reino.
Lo importante, ya lo hemos visto en los últimos capítulos, es aproximarse a lo sagrado, acercarse al universo representado por el Cristo, si no es para estar a su lado, aproximarse para burlarlo, para maltratarlo y aún para clavarle las manos en la cruz. Porque si somos esos soldados romanos que lo crucifican, estaremos en el reparto de sus vestimentas y puede tocarnos esa túnica que lleva impresa toda su historia pasada, todo lo realizado en la tierra humana desde que Juan fuera decapitado a instancias de la cruel Salomé, y entonces nos convertiremos de pronto en los primeros, precisamente por haber sido los últimos en aproximarnos a él.
¡Cuántas veces hemos visto personas que se maltratan, que se pegan, se insultan y aún se hieren y se matan y que finalmente, cuando quizá la situación ya no tiene remedio, caen en la cuenta de que se amaban profundamente! A ellas les ha caído en suerte la túnica de su víctima, han endosado su personalidad, y a veces han consagrado su vida a defender y proteger la familia de aquel al cual habían quitado la vida. Desgraciadamente, nuestro código penal, al encerrar el criminal en una cárcel, le impide redimirse voluntariamente; le impide que repare su error en la medida de sus posibilidades.
En el próximo capítulo hablaré de: las tres Marías