“Aquel día se acercaron a Él saduceos, que niegan la resurrección, y le interrogaron: Maestro, Moisés dice: si uno muere sin tener hijos el hermano tomará su mujer para dar descendencia a su hermano. Pues había entre nosotros siete hermanos y, casado el primero, murió sin descendencia y dejó la mujer a su hermano; murió igualmente el segundo, y el tercero, hasta los siete. Después de todos, murió la mujer. En la resurrección, ¿de cuál de los siete hermanos será la mujer?, Porque los siete la tuvieron. Y respondiendo Jesús, les dijo: estáis en un error y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios. Porque en la resurrección, ni se casarán, ni se darán en casamiento, sino que serán como ángeles en el cielo. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios ha dicho: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios, no es Dios de muertos, sino de vivos. Y la muchedumbre, oyéndolo, se maravillaba de su doctrina”. (Mateo XII, 23-33. Marcos XII, 18-27. Lucas XX, 27-40).
En el Evangelio de Lucas, Jesús precisa en este pasaje: “Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, ni tomarán mujeres ni maridos, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección”.
Son varias las enseñanzas que se desprenden de ese punto. En primer lugar, Jesús desarma una interpretación que la Iglesia Católica acogería en su doctrina, según la cual el día de la resurrección de la carne, todos volveremos a ser lo que fuimos, dando por supuesto que hemos vivido una sola vida. Esta creencia, que aún persiste en el catolicismo, hacía que se condenara la incineración de los cuerpos, porque se destruía así la imagen de esa carne que debía aguardar la resurrección. Sorprendentemente, solo hace unas décadas que los hombres de iglesia han descubierto que el físico desaparece igualmente en la tumba, descompuesto y devorado por los gusanos, de modo que incinerándolo no se hace más que acelerar un proceso de destrucción que la naturaleza produce por otros medios. Lo cierto es que aún hoy en día muchas familias católicas contemplan con recelo la incineración, pensando en la resurrección de la carne.
Bien claramente dice Jesús que en la resurrección seremos distintos. Seremos, dice, semejantes a los ángeles.
Esa resurrección de la que Jesús habla aquí, será la final y definitiva, aquella que ya no nos privará de nuestra conciencia por un periodo de tiempo, como sucede ahora entre una y otra vida.
Aquí, entre nosotros, estamos hablando de encarnaciones, de volver una y otra vez al mundo físico para adquirir experiencias. Pero si pudiéramos contemplar las cosas desde la perspectiva de Cristo, desde su altura, no hablaríamos de varias vidas, sino de una sola. Una sola gran existencia, vivida por el Ego Superior, y que comporta distintas fases de manifestación en el mundo material, en el de los Deseos, en el del Pensamiento, para integrar nuestras experiencias al Ego y volver a bajar a por más.
En esos menesteres, no siendo aún conscientes de esa realidad viva y permanente que es el Ego, consideramos la pérdida episódica de conciencia como una muerte, pero en el universo la noción de muerte es algo extraño, atípico y por ello Jesús recuerda que Dios es el Dios de los vivos y no de los muertos: en el universo divino no hay muertos.
Si hablamos con propiedad observaremos que resurrección significa el resurgir de la vida divina en nosotros, su instalación en la conciencia, después del período de exploración del nuevo universo que nuestro Dios vino a crear en la presente Jornada de Manifestación.
El Ego resucitará realmente en nosotros cuando hayamos alcanzado ese Quinto Día de la Creación. Entonces el periodo de vida material habrá terminado y alcanzaremos un grado de conciencia semejante al que tienen los ángeles actualmente. Seremos, tal y como dice Jesús, semejantes a los ángeles del cielo.
Respecto a la obligación del hermano de casarse con la viuda que deja el hermano muerto, hay que interpretarlo, sobre todo, en su aspecto simbólico, tal como apuntábamos en el capítulo veintisiete al hablar de protección a la viuda, lo cual no impide que esto deba hacerse en la realidad, puesto que todo cuanto sucede en el Mundo de Acción en el que nos movemos es la perfecta ilustración del juego que se desarrolla en nuestros mundos internos.
Dice Jesús en este punto que los hijos de este siglo toman mujeres y maridos, pero que los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo -el de la Resurrección- no tomarán mujeres ni maridos porque ya no pueden morir y, por consiguiente, habiendo sido vencida la muerte, ya no será necesario formar nuevos cuerpos para que pueda manifestarse en ellos la vida.
Esto confirma que el matrimonio es una institución que tiene un valor episódico, que es válida, mientras sirva de vehículo a la vida y que dejará de serlo en cuanto los poderes latentes en cada ser humano resuciten y pueda ser a la vez hombre y mujer. El hombre ya tuvo las dos polaridades antes de que Dios procediera a su separación, creando a la mujer. En esa época cada hombre se reproducía sin necesidad de la colaboración de otro ser humano.
En el futuro, cuando en el camino ascendente el ser humano alcance los niveles de su estado primordial, volverá a ser hermafrodita y podrá formar un cuerpo en el que seguir viviendo cuando el suyo esté fuera de uso. Pero ese estadio no será el definitivo, sino que, al alcanzar ese Quinto Día ya no será necesario trasladarse a otro cuerpo material porque viviremos en el cuerpo vital, que durará eternamente, entendiendo por eternidad el tiempo que duren las experiencias del Ego en dicho cuerpo, puesto que desaparecerá a su vez y la vida pasará al cuerpo de Deseos, que será el vehículo del Sexto Día.
“Los juzgados dignos de tomar parte en aquel siglo”, dice Jesús, y esta frase resulta inquietante, como aquella otra del Apocalipsis de Juan, que se refiere a los 144.000 que se salvarán ¿Es que no tendremos parte todos en ese siglo? ¿No formaremos parte de la humanidad del Quinto Día?
La doctrina esotérica nos dice que todos los que hemos iniciado el periplo evolutivo como espíritus virginales en el Primer Día de la Creación llegaremos al final de la aventura. Pero nos dice también que a lo largo del camino evolutivo, hay grupos que se retrasan y otros que adelantan más allá del nivel programado. Nos dice esa doctrina, transmitida por los Hermanos Mayores, que los actuales monos pertenecen a la oleada de vida humana, pero ya al final del Primer Día de la Creación se quedaron atrás y en el Segundo Día se vieron postergados con relación a sus hermanos. Si en el Cuarto Día -el actual- se encontraron como se encuentran, ¿cómo estarán el Quinto, el Sexto y el Séptimo?, Ya que su retraso, en lugar de colmarse, es cada vez mayor y ya no tienen posibilidad alguna de «volver» por su propio esfuerzo.
No podemos decir que los monos tengan parte en las tareas de nuestra humanidad. Pero estar, sí están.
En el futuro, las condiciones evolutivas serán más felices porque todo estará al alcance de todos. Sin embargo, seguirán habiendo adelantados y retrasados, gentes que trabajan para el Ego y otros que lo hacen para satisfacer a su yo profano. De modo que cuando accedamos al Quinto Día, mientras unos serán ciudadanos que protagonizan la vida en el nuevo universo, otros serán meros figurantes, comparsas, sujetos. Uno de los trabajos más exaltantes del ser humano del futuro inmediato, ha de consistir en organizar programas para que los situados hoy en niveles evolutivos inferiores puedan alcanzar el nivel de los pioneros.
En el próximo capítulo hablaré de: el mandamiento más grande