La situación en que se encontraba Jesús tenía un marco histórico: el del pueblo judío atado a las leyes de Jehovah que espera un libertador. Todos los demás pueblos, en esa época, tenían también un dios particular que los guiaba, de modo que en cualquier nación que Cristo hubiese descendido, se hubiera encontrado con el mismo problema. Si «bajó» entre los judíos, fue porque allí el problema era más intenso que en cualquier otra parte.
Ningún pueblo, como ellos, se sentía «elegido» por la divinidad para realizar una misión redentora, de modo que si su doctrina universalizadora tenía éxito allí, donde todo era más difícil, triunfaría obviamente en los pueblos en que las gentes se mezclaban, y donde no existía un prejuicio de raza tan arraigado.
Pero esa situación histórica oculta una realidad espiritual que puede traducirse de este modo: en el proceso evolutivo, el discípulo suele esperar un libertador que lo arranque de sus dificultades materiales. Piensa: «puesto que yo sé tanto sobre las leyes transcendentales; puesto que mi obra puede ser tan útil a la humanidad, Dios tiene que liberarme de las servidumbres materiales y permitirme así dedicarme por entero al servicio espiritual; tiene que darme un cuerpo sano para que lo pueda utilizar y poner en mi cabeza pensamientos sublimes«. Entonces el discípulo espera a ese Mesías venido del cielo para solventarle sus problemas materiales, de modo que todos vean, sin lugar a dudas, que él es el elegido.
Los apóstoles esperaban eso de Jesús, de ahí que se sintieran contrariados al enterarse de que la misión de Cristo comportaba un sacrificio. Cristo les diría, a través de toda su obra, que lo que ellos esperaban no se produciría. La liberación vendría, cierto, pero no a través de una intervención exterior, sino interior. Cristo tenía que nacer en cada uno de los discípulos para que se vieran desvinculados de las obligaciones materiales y para tener las manos libres respecto al mundo profano.
A menudo encontramos personas, en su proceso de apertura espiritual, que piensan que siendo vegetarianos, rezando diez veces al día, haciendo afirmaciones o meditando van a conseguir la iluminación y los recursos materiales para dedicarse a la contemplación.
Yo tenía un amigo que siempre me decía que financiaría la edición de todos los libros de Kabaleb (todavía tenemos unos cuantos sin editar) y para ello intentaba negocios de tabaco o de alcohol que nunca le salían bien. Yo trataba de hacerle ver la incoherencia de buscar financiación para la espiritualidad en esos productos, pero él se empeñaba diciendo que el fin justifica los medios. Nunca le salió bien.
Como hemos dicho antes, todos los rituales que hagamos para evolucionar serán buenos y útiles si nos llevan a realizar cambios internos y nos empujan a anhelar cosas distintas y a comportarnos de una forma diferente.
Ese nacer de Cristo en sus discípulos equivale a una muerte del Amor. En la dinámica cósmica, el Amor (Hochmah) tiene que disolverse en las cosas y en los seres para darles vida, ya que el amor es el rostro manifestado del Padre. Si ese amor no se disolviera en las cosas, nada de lo existente podría existir. Esa disolución es la muerte del amor, es decir, el amor deja de tener un rostro, una apariencia, para pasar a ser la substancia que permite al universo manifestarse con infinitas apariencias.
Por ello Abel, prefiguración de Cristo, murió a manos de Caín que representa el hombre material, el hombre de carne y hueso. Si Abel no se hubiese disuelto en él, Caín no hubiera podido existir.
Una vez muerto, disuelto, el amor renace en la naturaleza humana, para acabar dando a esa naturaleza el rostro del amor y ya a partir de entonces, naturaleza física y amor serán una misma cosa, de forma que en este periplo vemos que el amor tiene que morir para poder luego vivir eternamente en el corazón de los seres humanos. Cristo venia a ilustrar este proceso natural y es difícil que su singladura humana pudiera adquirir otro cariz.
En el próximo capítulo hablaré de el misterio de la fe.