Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 22

La parábola del hombre rico

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Entonces Jesús les dio esta parábola: «érase un hombre rico, cuyas tierras habían producido con mucha abundancia y él mismo razonaba diciendo: ¿Qué es lo que voy a hacer?, puesto que no tengo lugar para almacenar tanta cosecha. He aquí lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, en los que quepan todas mis cosechas y todos mis bienes, y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes en reserva para varios años; descansa, come, bebe y goza. Pero Dios le dijo: ¡Insensato! Esta misma noche tu alma te será pedida y todo lo que has preparado ¿para qué servirá? Es lo que ocurre con el que allega tesoros para sí mismo y que no es rico para Dios”. (Lucas XII, 17-21).

Las parábolas de Jesús son fáciles de comprender, pero difíciles de aplicar en la vida individual, y así vemos como en nuestra sociedad muchos son los que se pasan la vida derribando graneros para edificar otros mayores, en los que quepan los bienes que constantemente van adquiriendo con su trabajo, resultando al final que pasan sus jornadas trabajando para pagar los plazos del televisor, la nevera, el coche, o los plazos de la casita, del velero. O trabajan para comprar campos, tierras, acciones, cosas todas que no propician la adquisición de experiencias humanas, de modo que no están trabajando para el Ego Superior, sino para sí mismos en la acepción más pobre de esa expresión, es decir, por lo que todos llevamos de perecedero, para la satisfacción de instintos y sentimientos negativos destinados a ser triturados en las regiones inferiores del Mundo de Deseos.

Igual ocurre con quien almacena conocimientos. Los bienes espirituales, más que los materiales, deben ser compartidos, deben pasar al estadio Vav, que es el de la exteriorización, a fin de que produzcan un fruto en la vida social, multiplicando la obra divina.

Si en lugar de repartir nuestros bienes espirituales, lo que hacemos es derribar graneros en nuestro interior para almacenar en nosotros más conocimientos, a fin de que nuestra alma coma, beba y goce con ellos, cuando esa alma retorne al Ego Superior, no podrá llevarle al Dios interno ningún fruto y su cosecha se perderá. 

De ello se deduce una regla importante que debemos tener muy en cuenta, y es que nuestro progreso espiritual solo es realmente efectivo cuando se traduce en obras, en resultados. Estos tienen que aparecer primero en nosotros mismos, modificando la calidad de nuestra vida. Si esto ocurre, por acción refleja, los resultados aparecerán también en la sociedad que nos rodea.

Por el contrario, si pasamos la vida complaciéndonos en lo que sabemos y guardando celosamente ese saber para sentirnos de algún modo superiores a los demás, al término de nuestra existencia física no le podremos ofrecer al Ego Superior ese mítico plato de lentejas con el que alimentarse y nuestro átomo-germen material, al reintegrarse a la divinidad, le dirá: Señor, he conocido los misterios del mundo y he gozado con la sublimidad de esa ciencia. Y el Ego-Dios le responderá: ¡Insensato! Esto es lo que te di yo para que en el mundo físico realizaras las maravillas que no has realizado. ¿De qué van a servirme los placeres que tu mental ha experimentado?

En el próximo capítulo hablaré de: la frustración de las fuerzas mentales

Kabaleb
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